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Ianina Moretti Basso

Lic. en Filosofía CONICET-CIFFyH UNC

columnista alreves.net.ar

A propósito del acoso sexual

Mary no está arrepentida porque perdió su vida en aquel penal

porque él abusaba de su hija lo encontró una noche lo tuvo que matar

Ay, mamá, perdóneme porque Dios me ha perdonado

Ay, mamá, si yo lo encuentro lo vuelvo a matar

Cachumba, En libertad (1998)

 

La canción de la Mary sonaba cuando era chica. Tengo el recuerdo de que me haya conmovido desde entonces, aunque recién hace poco presté atención a la letra. El cuarteto cuenta el momento en que Mary sale de la cárcel y vuelve al barrio, donde sólo la recibe su madre, después de haber pasado años presa por matar a un acosador en defensa de su hija. En los pocos minutos que dura la canción, pinta la historia de esas tres generaciones de mujeres, de barrio, trabajadoras, cuidándose. En un sentido profundo y excepcional, creo que es un cuarteto feminista. Pienso en los casos como el de Higui (presa por defenderse de una violación colectiva) o Dahyana (presa porque el marido mató a su bebé), entre tantos otros, la justicia injusta, el patriarcado cercándolas en un doble maltrato, en el acoso y en la violencia policial y judicial. Pienso también en el cuarteto, acusado de machista tanto tiempo y ahora venimos a descubrir que el rock también, que la televisión, que Hollywood. Recuperar esta canción me produjo la emoción de restituir un archivo diferente, historias minoritarias que han pasado por nuestra ciudad o provincia, posibilidades de otros relatos que en esos años parecían casi indecibles. Hoy parece tan posible relatar una experiencia de abuso, de acoso sexual, más allá de lo difícil que es hacer de lo personal algo político -algo que el feminismo no se cansa de enseñarnos-, se habla de revolución cultural (¿o es más bien mediática?¿se habla de los casos en las familias, con las parejas, con colegas, en las escuelas?¿perdurará el tema cuando los espectadores se cansen?) y parece haber un aire de batalla ganada. Amerita celebrar el destape que se desencadenó desde los eventos Weinstein, pero no sin revisar qué estamos haciendo con este nuevo contexto de discurso antipatriarcal.

Como todo lo que baja desde Hollywood, merece cuanto menos una revisión. El modelo norteamericano (Estados Unidos) para tratar el acoso sexual implica al menos dos cosas:

Por un lado, el modo del espectáculo, la estetización del fenómeno del acoso en tapas de revistas, programas periodísticos, sesiones de fotos ad hoc, etc, donde se exponen sólo ciertos cuerpos, se validan ciertos testimonios, y se cae en la falacia de tomar la parte por el todo. En nuestro país, a veces traducido en primeros planos de rostros de mujeres llorosas, víctimas al borde de quebrarse, o femmes fatales que todo lo pueden y soportan, como modos alternantes de espectacularizar los cuerpos.

Por otro lado, el modo legalista, que judicializa las problemáticas éticas y políticas: llevando a un extremo burdo la advertencia de Nietzsche, los Estados Unidos enseñan que si no se actúa mal es por miedo a las demandas legales. Esta vía no sólo no nos compromete con una revisión de nuestra educación sexual y erótica, sino que alienta una visión punitivista del acoso. Como en todo punitivismo, la solución parece ser únicamente la condena penal, dejando de lado tantas otras aristas de un problema ético-político. ¿Cuál es el motivo por el que cambiaría el comportamiento machista? ¿Evitaremos el problema del acoso evitando el contacto?

Ante este panorama, resulta imprescindible acompañar este movimiento con una conciencia crítica de qué hacemos con los casos que aparecen, con los relatos, de qué modo se enmarcan, también en una lucha que no es nueva contra el patriarcado, el machismo, la heteronormatividad. El feminismo tiene una trayectoria profunda en este sentido, y porque no nació ayer, es fundamental reconocer los antecedentes de estas luchas, las que hablaron antes del boom, las que fueron violentadas por reaccionar a acosos, las que fueron encarceladas, las muertas, las que no se arrepienten, todas esas que nos preceden y aún nos acompañan en recibir las nuevas voces y el contexto actual. La mamá de Mary (“sola parada en una esquina”) que la recibe luego de la cárcel, Mary como madre, defendiendo a su niña, me hacen pensar en todas las “madres” (abuelas, tías, amigas, compañeras) que a lo largo de los años han acompañado y puesto el cuerpo para las acosadas, abusadas, violentadas. Eso es, también, un lazo que celebrar.

Por otro lado, resulta igualmente fundamental tratar el acoso sexual desde una perspectiva de género, con una definición amplia y flexible de lo que entendemos por mujer, y sin borrar otras marcas de opresión como son la raza (ya lo advertían en los ‘80 feministas negras como bell hooks), la clase (el marxismo no es patrimonio de varones), la morfología corporal (el activismo gordo construye una trayectoria importante en este sentido, así como las reflexiones sobre diversidad funcional). Reforzar, entonces, redes para que las denuncias no sean sólo posibles para quienes tienen una valentía singular; hacerle lugar a los relatos de quienes han sufrido acoso sexual implica una verdadera apertura a quienes no han tenido posibilidad de expresarse, quienes han sido silenciadas por la violencia, psíquica, psicológica, machista, policial (desde no tomar las denuncias hasta detener injustamente, golpear, amenazar, no validar los relatos, etc).

“Hoy salió María en libertad”: a sabiendas de que el debate es amplio, y este es apenas un comentario para disparar algunas reflexiones, quisiéramos proponer entonces que acompañemos este destape con actitud crítica, reconocimiento de las historias de los activismos que vienen trabajando, y creatividad para pensar nuevos modos de relacionarnos. Nos toca, ahora aún más que nunca, la tarea de trazar y validar otras formas de contacto, otra educación sexo-afectiva y erótica para toda edad.

 

*Gracias a Naty Martínez, Noe Gall y Euge Gemolotto por las conversaciones.