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Darío Gomez Pucheta

Doctorando en Administración y Políticas Públicas

columnista alreves.net.ar

Cambiemos el ambiente

En 1573, cuando las huestes de Jerónimo Luis de Cabrera llegaron a las tierras de lo que hoy es la Ciudad de Córdoba, se encontraron con un paisaje atravesado por un río en el que a sus márgenes vivían los Comechingones. La primera fundación habría sido en lo que hoy es Barrio Yapeyu, pero a los pocos años, y luego de haber desplazado a los Comechingones de la zona en la que cultivaban se trazo el casco histórico de la Ciudad con 70 manzanas en la que se les otorgo solares a los soldados y órdenes religiosas. De ahí que Córdoba cuente con tantas iglesias en el centro y apellidos aristocráticos que en algunos casos perduran hasta hoy.

Ya en tiempos de la conformación nacional, de guerras entre provincias en el Siglo XIX, la región pampeana y la Patagonia contaron con múltiples enfrentamientos, malones y matanzas. Desde la conformación de la Primera Junta de Gobierno Patrio hasta 1820 se firmaron pactos con las Naciones Mapuches y Pehuenches. Hasta el General San Martín habría pedido permiso para atravesar su territorio con el Ejercito de los Andes y habría contado en sus huestes con miembros de las naciones indígenas.

En el norte los enfrentamientos entre conquistadores y naciones indígenas fueron también una constante. La conformación de la Nación Argentina, implico la dominación territorial como uno de los elementos constitutivos del Estado Moderno y el desarrollo económico.

Las disputas por el territorio, son hasta nuestros días parte de la discusión política y ambiental de nuestra sociedad. En Córdoba la conocida como la Mergacuasa del Registro de la Propiedad consistió en una compleja trama de complicidades para la apropiación y legalización de campos y terrenos de diferentes puntos de la provincia. Esto implicaba desalojar por la fuerza a campesinos que ocuparon históricamente esos territorios, entre otras prácticas.

Como consecuencia de estas historias, hoy surgen nuevas disputas por el uso de los territorios y el derecho de vivir de quienes habitan los mismos, como lo fue en las “Conquistas del Desierto” antes y hoy es por la agricultura intensiva y el desmonte.

En la teoría política y sociológica, se ha trabajado mucho en como la acumulación originaria de capital implico, la muerte, segregación y marginalidad social. Esa disputa es constitutiva de la sociedad capitalista, en la que unos debieron expropiar a otros de tierras primero, de su fuerza de trabajo después, y más recientemente de su condición social, llegando (en casos) hasta el vocabulario con el que se representa la realidad. Es una lucha de poderes y derechos por condiciones de vida, teniendo como consecuencia la determinación del ambiente en la construcción social de la realidad. En Córdoba, el engrosamiento de las villas de emergencia con pobladores que hasta los años 90 vivían en zonas rurales es un ejemplo palpable.

La lucha por la protección del Bosque Nativo Cordobes, la resistencia del pueblo Mapuche en el Sur ante el avance de las fuerzas de seguridad Estatal sobre su territorio, entre otras muchas disputas y conflictos socioambientales no pueden descontextaulizarse de esa pelea por los recursos naturales.

Micheal Foucault en su análisis del poder invierte el aforismo de Clausewitz, quien diría que “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, respondiendo con una interpretación del poder en base  a que “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. Por lo que cuando se niega la política como un modo de administrar los conflictos sociales, se cae necesariamente en la violencia, en la guerra. Negar la condición política de la sociedad, es lo mismo que negar el ambiente como un dispositivo determinante a nuestra forma de vida (por ejemplo: ¿es posible la vida en la Ciudad de Córdoba sin el agua que nos proveen nuestras Sierras Grandes?).

El cambio está en reconocer lo que somos, dónde estamos y cómo resolvemos nuestros problemas. A la inversa, negar los problemas, negar la diversidad de nuestra sociedad, negar nuestra geografía como proveedora de elementos y servicios vitales solo no lleva a la guerra de la escasez, de las diferencias insalvables, a la conformación de guetos y fragmentación social.

Tenemos que apropiarnos felizmente de los que somos y es nuestro, hasta de las palabras, porque por el bien de todxs necesitamos cambiar el ambiente, cambiarnos a nosotros mismos, valorando la diversidad y desvalorizando la homogeneidad. Cambiemos el ambiente.