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Cristian Maldonado

 

columnista alreves.net.ar

Psicópatas de Champions League

 

De todas las historias del franquismo que escuché, creo que ninguna me apretó la garganta como la de una mujer llamada Josefa. Hay otras más crueles, terribles y conmovedoras, pero quién sabe por qué razón se me grabó esa. A veces demoro unos segundos intentando imaginar la escena para tratar de sentir una mínima pizquita de lo que ella sufría. Viuda tras la guerra civil, sobreviviente maltrecha del bando republicano, pobre muy pobre en medio de la malaria, Josefa se encontraba cada noche con el ruido famélico de las tripas vacías de sus cinco niños. La esperaban estoicos mientras ella mareaba una cena casi imperceptible. Se pasaba los días estirando las monedas hasta convertirlas en alambre. Cuando llegaba a la mesa empezaba un ritual cuyo único objetivo era desorientar el hambre de sus críos. Les ofrecía un bocado real por cada cuatro imaginarios. Ellos aceptaban simular que masticaban un trozo de papa, otro de queso o carne y ella les preguntaba: “¿Os gusta? ¿Sabe bien? Despacio, comer despacio hijos míos”. En días de gran penuria y desesperación, ella no encontró una forma mejor para prolongar un poco la cena, confiando en que los bocados ficticios tenían algún tipo efecto psicológico.

¿A qué viene esto ahora? Tengo la sensación de que, en un contexto absolutamente distinto, hoy están haciendo lo mismo con nosotros. Nos ofrecen bocados imaginarios, nos preguntan si nos gustan, nos piden que comamos despacio y hasta nos dicen que ojo porque vamos a engordar. Acá no hay una madre desesperada que resuelve como puede, ahorcada por la angustia y la miseria, ante sus hijos hambrientos. No, acá lo que hay es un gobierno al servicio de un poder omnímodo que nos miente en la cara con un nivel de cinismo pocas veces visto. Y que después de mentirnos, nos mete unas psicopateadas formidables. Consuma un brutal tijeretazo a los jubilados y beneficiarios de la AUH, por ejemplo, y el mismo día el presidente es capaz de salir a decir que los dos ejes fundamentales de su gestión radican en cuidar a los viejos y a los niños. Y no conforme con eso, unos días después asegura que los jubilados van a “ganar más plata”. Como si se tratase de una subasta en la que está en juego, no la vida de personas de carne y hueso, sino quién logra decir las mentiras más extraordinarias con la mayor perversidad posible.  Como si estuviese tratando de desmoralizar al diputado Tonelli, que había hecho enormes esfuerzos para encabezar el podio con un teorema que parecía insuperable.

Es una mecánica planificada que se repite todos los días, todo el tiempo. Aparece, pongamos por caso, el Jefe de Gabinete y con gesto impertérrito anuncia nuevos ajustes a los trabajadores, tras lo cual aclara: “Esto, como todo lo que hacemos, es por el bien de los más vulnerables”. O el propio Macri, que sin sonrojarse explica que toma deuda externa por los pobres, que ordena tarifazos por los pobres, que hace megadevaluaciones por los pobres,  y que hasta tiene el descaro de reeditar, dos años después, la estafa electoral con la cual llegó a la casa de gobierno: “Vamos a lograr el sueño compartido de sacar a todos los argentinos de la pobreza”. Es decir, además de promover la pobreza con sus políticas públicas, se burlan en la cara de los empobrecidos. La verdad es que se trata de un gobierno que empobrece a las mayorías en nombre de los pobres y eso, además de tener el efecto concreto de empobrecer, puede tener también, tranquilamente, el efecto de enloquecer a cualquiera.

Según las definiciones más clásicas, el arte de la manipulación y la perversidad son el plato fuerte de la casa de los psicópatas. Y una fija es ubicar a la víctima en el lugar del responsable de su propio sufrimiento. Bueno, hemos asistido atónitos a la construcción de un escenario en el que los laburantes que pelean por sus derechos aparecen como los culpables de todos nuestros males. Y así arremeten con su sueño de un país con trabajadores dispuestos a cobrar lo mínimo. El gran dilema es que se pueden presentar cientos de fundamentos, pruebas, datos duros, pero cuando eso resulta secundario, entonces ya no hay discusión posible. Mientras el propio gobierno está en guerra contra los pobres que genera, con ajustes y represión, al mismo tiempo articula el lenguaje de la paz, de la alegría y pone a prueba un nivel de negacionismo escandaloso, insoportable. De qué sirve probar la bestial transferencia de dinero de las mayorías hacia los más ricos, mostrar cómo nos empobrecieron, cómo nos deterioraron la calidad de vida, si eso, la prueba, al menos para un sector de la sociedad, no tiene demasiado valor. Es la famosa “posverdad”, con la cual los hechos comprobables de modo empírico influyen menos en la opinión pública que los postulados atados a las emociones y a las creencias personales. Dicho a lo Durán Barba en El arte de ganar, “El reality show venció a la realidad”, “El electorado está compuesto por simios con sueños racionales que se movilizan emocionalmente”, “El papel de los medios es fundamental, no hay que educar a la gente”.

No hay ya, a esta altura, dudas sensatas de que el aparato mediático casi unánime del que dispone el gobierno es una pieza indispensable para construir su relato y para que todo esto no genere un caos, o al menos un gran malestar social. Pero al mismo tiempo también es cierto que existe un sector de la sociedad dispuesto a masticar cada día bocados imaginarios. O como se conoce en muchos países de América Latina, dispuesto a comerse “el cuento del tío”, que supone una estafa consumada a partir de una historia hecha con aspectos creíbles y otros tentadores, pero sobre todo fundada en la confianza, la ingenuidad, la ignorancia y también la ambición de las personas que lo sufren. El cuento del tío, el cuento chino, el cuento del jubilado, el cuento de la pobreza cero y hasta el cuento de la buena pipa, aunque a la postre suponga pegarse un tiro en el pie o serruchar las patas de la silla sobre la cual estamos sentados y terminar como en la fábula de la ranita hervida.

Quizás sea por eso que tiene tan mala prensa recordar que la riqueza es la principal causa de la pobreza. Y es probable, además, que cuando uno dice pobres, pobreza, ocurra que la palabra haya generado los suficientes anticuerpos para no tener casi efecto. El verdadero problema es que hay millones de Josefas en las villas y barriadas de nuestro país, que hacen malabares para alimentar a los suyos, que se mueren de frío, de hambre, de impotencia, de angustia o de balazos,  a las que la diaria no perdona, que saben perfectamente que 1000 pesos, por ejemplo, son muchísimos bocados imaginarios menos.

El gran poeta alemán Bertolt Brecht decía que cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad.