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Adiós al presidente de la crisis y la represión

Fernando de la Rúa, símbolo y rostro del último gran estallido de la Argentina, falleció, como una paradoja del destino, el Día de la Independencia. Tenía 81 años, fue velado en el Congreso sin acceso al público. Del “dicen que soy aburrido” al 20 de diciembre: la renuncia de Chacho, blindaje, megacanje, corralito, estado de sitio, helicóptero y 38 muertos.

 Miércoles, 10-julio-2019

Las mismas condiciones personales que lo llevaron a la Casa Rosada lo convirtieron, al final de su gestión, casi en una caricatura de sí mismo.


Fernando de la Rúa es el tercer expresidente post-dictadura fallecido y fue el único de los tres que no tuvo acompañamiento popular. Sus restos pasaron unas horas en el Salón de los Pasos Perdidos, por donde transitaron algunos dirigentes políticos y luego fueron trasladados para la despedida privada de sus familiares.

El cordobés, alumno sobresaliente de la Facultad de Derecho de la UNC, tenía 81 años e hizo gran parte de su carrera política en Buenos Aires. Tanto que fue el primer Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y ese fue el trampolín que lo catapultó a la presidencia. Fue la cara del ala más conservadora del radicalismo, en oposición a las ideas que expresaba dentro de ese partido el también expresidente Raúl Alfonsín.

Su perfil de dirigente poco carismático, serio, estructurado –en definitiva el concepto que su mismo spot de campaña resumía como “aburrido”- le permitió contraponerse a la figura de un presidente que hacía ostentación de su frivolidad, entre Ferraris, lanchas, modelos y deportistas. La necesidad de fin de fiesta y una Alianza que duró poco lo llevaron a la Casa Rosada.

Sin embargo, con su llegada, los problemas que heredó de Menem se agravaron. Obstinado en sostener la convertibilidad, comenzó un proceso de endeudamiento en cadena. “Qué lindo es dar buenas noticias”. La frase, grabada a fuego en su decálogo de fragmentos más –tristemente- recordados, fue el anuncio del blindaje, un gran rescate de 40 mil millones de dólares prestados por el FMI y otros organismos internacionales. Las similitudes que encuentre el lector con la actualidad no son pura coincidencia. El préstamo, que llegó en enero de 2001, pocos meses después de la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez tras el escándalo de las coimas en el Senado, tenía como condiciones centrales hacer una reforma previsional y reducir al máximo el gasto del Estado para achicar el déficit.

“Terminamos este año con un gran éxito: el Blindaje 2001”, anunció De la Rúa.

El plan no funcionó. El ministro de Economía José Luis Machinea fue eyectado para dar lugar a la llegada de Ricardo López Murphy, que anunció medidas sangrientas de ajuste. Duró apenas 16 días. Y De la Rúa llamó para arreglar la maquinaria económica a uno de los principales responsables de su destrucción: Domingo Felipe Cavallo. El economista –otro aporte de nuestra provincia a ese gabinete- fue el encargado de impulsar junto con Federico Sturzenegger el “megacanje”, un oprobio económico para nuestro país que disparó la deuda y los intereses.

A partir de allí, el gobierno de De la Rúa fue en caída libre: 18,3 % de desempleo y la pobreza llegó a superar el 50 %.

Lo que sucedió después fue el último gran estallido de nuestro país. A fines de 2001, la situación económica y social no daba para más y el corralito fue el golpe de nocaut. La conflictividad social se convirtió en lógica inflamación que englobaba a la enorme masa de pobres y a la clase media por igual. De la Rúa dio algunos manotazos de ahogado, aunque ya no había forma de hacer pie: buscó apoyo de su partido y abrir las puertas del gobierno al peronismo. No encontró de dónde sostenerse. El 19 de diciembre declaró el estado de sitio y en las horas subsiguientes 38 argentinos fueron asesinados por la represión. En la Quinta de Olivos, el hoy funcionario Hernán Lombardi avaló la colocación de ametralladoras. Las Madres de Plaza de Mayo fueron atropelladas por caballos policiales. El país era un hervidero que derramaba sangre.

Hasta que en la tarde noche del 20 de diciembre, un helicóptero llegó al techo de la Casa Rosada. Minutos antes, De la Rúa había escrito a mano su renuncia y le había estampado su firma.