Fernando Chávez Solca

 

columnista alreves.net.ar

Apuntes post-PASO

La velocidad con que se mueve la agenda política nacional hace que menos de 72 horas después de enterarnos de los primeros números de las PASO esa información parezca noticia antigua: la suba del dólar, la conferencia de Macri, las reacciones de los mercados, los pedidos de disculpas, entre otras cuestiones dejan al triunfo de Alberto Fernández en un lejano lugar al que nos parece necesario volver para introducir algunas reflexiones. El (para casi todos) sorprendente pero, sobre todo, contundente triunfo del Frente de Todos del pasado domingo expone al menos tres elementos que queremos desarrollar:

1. La reivindicación de las PASO como instancia institucional y su relevancia política.
Desde hace tiempo las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias vienen sufriendo un embate desde muchos lugares, entre ellos, del oficialismo. Que son caras, inútiles, que no resuelven nada, que cansan a los electores y por eso sería preferible eliminarlas. Incluso, la vieja cantaleta de “son simplemente una gran encuesta” instalada en el 2011 volvió a sonar en los últimos meses mostrando una incomprensión gravosa de lo que implica este mecanismo. Precisamente, en aquella primera experiencia, muchos candidatos que quisieron bajarle el precio se vieron arrasados por el huracán electoral que fue Cristina Fernández de Kirchner quedando sin margen de acción para las generales de octubre de ese año. Algo ligeramente parecido parece haber sucedido en este 2019. Más preocupados por mostrar que “la posta” está en las Generales, muchos olvidaron que el resultado sería un importante determinante del clima electoral de las generales. Un resultado contundente (como el que efectivamente ocurrió) en esta instancia institucional tiene efectos concretos de relevancia para los actores involucrados. En primer lugar, porque ahora los electores conocen de primera mano la disposición del escenario y jugarán el próximo turno con esa información en la cabeza, dejando menor margen a las operaciones e instalaciones mediáticas o consultoriles. Las PASO son un censo, no una encuesta. No es lo mismo votar conociendo la performance objetiva de Alberto Fernández del pasado domingo que hacerlo bajo una supuesta paridad marcada entre los competidores como se buscaba instalar desde diversos actores comunicacionales hasta hace unos días. Segundo, porque el margen de maniobra de cara a octubre para los espacios políticos participantes ahora es mucho más restringido. Aquellos que fantasean con que los candidatos presidenciales con escasas posibilidades de triunfo bajen su postulación a partir de la negociación con alguno que sí, no tienen en cuenta que esa decisión implicaría bajar el resto de sus propios tramos que sí aspiran a ingresar a cargos legislativos. Así, el tiempo para las negociaciones prácticamente ha acabado hace tiempo y las PASO marcaron su límite. De igual forma, la posibilidad de un peor desempeño por parte del candidato presidencial impacta de forma directa en las expectativas de ingreso de sus diputados de cada provincia, lo cual incentiva fuertemente a esos dirigentes para que su candidato presidencial no rompa su piso. Tercero, y necesitaríamos una columna aparte para desarrollar esto, en niveles menos visibles (ya que los focos irremediablemente están puestos en los tramos nacionales), las PASO han resuelto candidaturas internas en 18 de las 24 provincias y en todas las fuerzas que compiten en las generales. En síntesis, una de las enseñanzas del domingo debería ser que las PASO importan, y mucho. Y dicha relevancia es creciente en la medida que pasa el tiempo.

2. ¿La centralidad del “voto bolsillo” y la prepotencia de la realidad económica?
Existe una suerte de tendencia dentro de la politología a explicar y predecir los resultados electorales a partir de la situación económica percibida por la ciudadanía. Así, el llamado voto económico emerge como el factor más explicativo de los triunfos o derrotas de los oficialismos: ante una mejora en sus bolsillos o expectativas de que aquella acontezca, los electores tienden a renovar la confianza sobre los actuales mandatarios y los reeligen; a la inversa, ante un desmejoramiento generalizado de la situación económica tiende a primar el voto castigo y la apuesta por opciones opositoras. Este tipo de razonamientos, sumamente debatidos hacia el interior de la disciplina, parecen esta vez ajustarse bastante bien a lo sucedido el domingo: Un gobierno con todas las variables económicas en contra, con caída del poder adquisitivo, inflación alta, aumento de la pobreza y demás, es un gran candidato para ser víctima del voto bolsillo. Sin embargo, nos parece que hay algo en este planteo, muy difundido en las últimas horas, que resulta excesivamente lineal y que oculta un factor que consideramos fundamental: la política. Entendemos que la fuerza de la realidad económica y sus malos indicadores no se imponen sin la existencia de un discurso político que le dé carnadura y un sentido definido. Es precisamente eso lo que logró representar, con decidido éxito, la fórmula del Frente de Todos: una lectura con capacidad de interpelación que explicaba de modo singular lo que le está pasando a buena parte de los argentinos. Y es por eso que la política en su sentido más interesante se vuelve relevante, porque no se trató de correr detrás de los datos en apariencia objetivos y que están allí arrojados en la realidad sino de construirlos como elementos valiosos de un discurso que pone en el centro de la escena la situación angustiante que atraviesan muchos compatriotas. En este sentido, es que el voto que apareció el pasado domingo antes que económico es profundamente político, está profundamente contaminado ideológicamente de un conjunto de ideas en torno al Estado, al funcionamiento de la economía, al rol de un gobierno frente al mercado, a las prioridades de una gestión. En otras palabras, el resultado de las PASO muestra no que un porcentaje alto de la ciudadanía rechaza a Juntos por el Cambio porque tiene menos dinero en su billetera coyunturalmente, sino que existe una estructuración ideológica del electorado permeable a una retórica de un Estado presente y en beneficio de las mayorías populares. Un electorado bastante más corrido a la izquierda de lo que usualmente se supone y que solo está dispuesto a votar neoliberalismo cuando este se camufla como lo hizo en 2015. En síntesis, el voto del domingo puede tener un componente económico, sí, pero es la construcción política de esa realidad económica la que le da su lugar y relevancia. Y, en este sentido, la candidatura de Fernández apoyada explícitamente en una experiencia política muy reciente (de la cual fue parte) que encarnó estas ideas de modo efectivo, devino rápidamente en una alternativa verosímil al macrismo.

3. Los límites del marketing y el trabajo de articulación.
El tercer punto que las PASO 2019 parecen haber puesto en evidencia es la insuficiencia del marketing electoral a la hora de hacer política. A estas alturas ya es un lugar común sostener que no se puede ganar una elección sin comunicar o sin hacer una buena campaña, pero no se insiste tanto en que una comunicación sin un trabajo político, sin la construcción de un lenguaje propio que dé cuenta de las tradiciones en las que se inscribe, sin un trabajo de articulación entre sectores, sin el reconocimiento de estar inscripto en coordenadas espacio temporales precisas; decíamos, una comunicación sin todo eso, más temprano que tarde terminará fallando. Juntos por el Cambio pareció descansar en demasía en sus aparentes virtudes comunicacionales que le dieron el triunfo en otro momento: el latiguillo accesible para la memoria, la frescura de su candidata predilecta ante las cámaras, los formatos importados de los actos de campaña. Pero parece no haber reconocido que con eso no alcanza. La ceguera (ideológica) para ver que había algo más que hacer además de sus recetas prefabricadas lo llevó chocar una y otra vez encerrándose en un núcleo duro cada vez más reducido. Así como FF aumentó su capacidad de interpelación a fuerza de ofrecen una alternativa de futuro, mostrando que es posible vivir mejor, recorriendo ciudades y articulando de forma amplia con diferentes vertientes del peronismo; el macrismo terminó apelando a un discurso cada vez más recalcitrante (una modernidad futura que nunca termina de llegar, un sacrificio presente para un disfrute diferido ad eternum, las bases de un orden que necesariamente genera exclusiones) para una sociedad atravesada históricamente por la movilidad social ascendente y el lenguaje de los derechos. Es esa incomprensión del “alma de los argentinos” la que lo coloca en el lugar del puro enojo y el reproche en la conferencia del lunes. Porque cuando las recetas fallan, la audacia no abunda y no hay nada que ofrecer en el reducido menú que su ideología le permite imaginar, lo único que queda es culpar al electorado por lo que vota.

En pocas palabras, el pasado domingo debería habernos dejado varias enseñanzas: que las instituciones importan, que la política importa y que no todo es marketing en la vida…