Cuidado con los precios

Hacer las compras se transformó en una pesadilla para la mayoría de la población: los alimentos muestran aumentos muy por encima de la inflación que publica el Indec. Se nota en changuitos semivacíos, a la mitad de su capacidad los más generosos y con productos de menor calidad. “Cuando vamos al súper sentimos que los precios son mayores a lo que nos muestra el IPC, que hace un promedio de bienes y servicios y no discrimina por niveles de ingresos”, explica el economista José María Rinaldi sobre lo que técnicamente se llama “ilusión econométrica”.

 domingo, 14-octubre-2018


Por Camilo Ratti

Sábado a la mañana y el súper es un desierto. Una imagen poco común hasta hace un par de años en una zona de intenso movimiento comercial al norte de la capital, habitada por familias de clase media y media baja que conviven con otras de bajos recursos. Ya en el estacionamiento se advierte que el desplome del consumo y el poder adquisitivo es cosa seria, y que la recesión de la economía se palpa y se sufre en heladeras y alacenas.

Adentro, las góndolas son un festival de ofertas y promociones que los consumidores chequean para saber lo que dolerá el bolsillo, el órgano más sensible de una recesión que sigue sin ver la luz al final del túnel. Gestos adustos son la irrefutable confirmación de que las compras dejaron de ser un ritual placentero en la Argentina macrista. Lo sufre el carnicero cuando pesa el vacío:

– “250 pesos, doña”.

-“¿Cuánto está el kilo?” Se sorprende la mujer, notoriamente indignada con el valor de uno de los cortes clásicos del asado nacional.

-“200”. 199,99 para ser precisos.

-“Ah, no, gracias ¿Y osobuco tiene?”.

Cuchilla en mano, el hombre guarda en la heladera el trozo rechazado y desacomoda la montaña de carne en busca de lo que le piden. Pero no encuentra.

-“No señora, ¿alguna otra cosa?”.

-“No, está bien”, responde en seco la mujer, sesenta años y una tira de aguja que enfila hacia las cajas.

-“¡78!” grita el hombre vestido de blanco no muy blanco. Los que hacen fila con su número en mano van por lo suyo: cuartos de pollo a mitad de precio que la ternera.

A pocos metros de ahí, la chica que atiende la fiambrería aprovecha la calma del súper para limpiar la mesada y acomodar los salames. Los ubica en montañas de triángulos a la vista del público. La dieta puede esperar, el ácido úrico clama por lo suyo.

-“Qué tranquilo está todo, ¿siempre fue así o se puso fulera la cosa?”, indago.

– “Al mediodía hay más movimiento”, responde, amable. En diagonal a nosotros dos repositores intercambian sonrisas y alguna que otra cargada. No parecen muy exigidos a la hora de acomodar los lácteos y los embutidos.

Mientras continúo mi paneo de precios, una voz gruesa interrumpe el ritmo de pueblo que muestra un sábado perfecto para tomarse el buque el finde largo.

-“!17 pesos los 100 gramos de mortadela, por dios!” Se queja para que lo oiga todo el salón, el señor de pelo blanco y panza cervecera. El arsenal que lleva en el carrito lo entrega en cuerpo y alma.

“Siempre fue el fiambre más barato”, me dice, buscando mi complicidad.

-“Y lo sigue siendo, mire lo que vale el jamón cocido más económico”, le devuelvo con gesto de reprobación. Nos reímos para no llorar. “Está brava la cosa, si esto sigue así explota”, insiste, se nota que necesita compartir su frustración, la impotencia de un bolsillo que no aguanta más.

-“Supuestamente era lo más fácil de solucionar…”, chicaneo, doblando la apuesta: “¿Se acuerda lo que decía el Presidente, no? en el 2015, en la campaña electoral, eso sí que fue una estafa”, afirmo, contundente. La tibieza de su respuesta no deja lugar a dudas: votó al gobierno y hoy integra el pelotón de arrepentidos. O por lo menos eso parece. Es posible que ni se acuerde de los diputados opositores a Cristina mostrando para la tele los cartelitos de 1,5% de inflación mensual. Una suerte de paraíso populista al lado del 50% que nos dejará el 2018, el año del ajuste y el regreso del FMI al ministerio de Economía.

Doy unas vueltas por pasillos despoblados para confirmar precios: está todo carísimo. Lo confirma la chica que chequea el precio del papel higiénico con el visor láser y lo cambia por otro más económico. Los hábitos de consumo ya no son lo que eran, pienso, mientras me enfilo para las cajas.

La sensación de que la inflación del súper es mucho mayor de la que difunde el Indec tiene explicación técnica: “Ilusión econométrica”, explica el economista cordobés José María Rinaldi. El Indice de Precios al Consumidor (IPC) pondera una serie de bienes y servicios que no son los mismos para todos los sectores sociales. No hace distinción por extractos de ingresos.

El especialista ilustra sobre el fenómeno: “Si el IPC analizara por sector económico, la inflación en los más pobres es mayor porque destinan casi todos sus ingresos en alimentos, que es lo que más subió por la devaluación”. Como los argentinos exportamos lo que comemos y hay 5 multinacionales que definen los precios, el festival del abuso tiene varias temporadas por delante. No hay Precios Cuidados que se la banque.

Sin más patria ni bandera que la tasa de ganancia empresaria, la concentración alimenticia conspira contra el consumo masivo. Lo dicen los dueños de los súper, que hasta ahora –sin explicaciones racionales- vienen bancando al gobierno: entre 7 y 9% menos en cantidad de unidades que el año anterior.

Los changuitos semivacíos –a la mitad los más generosos-, ratifican que la caída en las ventas no es chamuyo antimacrista, sino la consecuencia directa del ajuste en trabajadores y jubilados, para quienes ir al súper se ha convertido en una verdadera pesadilla.