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Hugo Suarez

Fotógrafo y escritor

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El error de Sun Tzu

Debe ser fascinante contemplar un campo de batalla. Uno real, a la vieja usanza. Salpicarse del estremecimiento que nos muestra lo que verdaderamente somos. Lo fotografió Don McCullin en Vietnam, lo inmortalizó Cándido López en la tragedia de Paraguay. Despertar en el asedio a una ciudad. Sentir el vértigo de la vida corriendo para escapar del trueno. El positivado de lo negativo. La belleza del fuego…

“El incendio, como espectáculo, admite todos los adjetivos”.

Filloy, “Caterva”

Afortunadamente, lejos de ello estamos (al menos por ahora). Nadie aquí desea que algo parecido suceda. La experiencia más cercana de ruinas en nuestra mediterránea ciudad fue la plaza San Martín tras las protestas por la reforma jubilatoria del 2008, sin olvidar la noche del acuartelamiento policial de diciembre del 2013. Afortunadamente nuestra experiencia nos indica que como sociedad hemos “madurado” y que las ocasiones de “Diálogo” tienden a primar por sobre el enfrentamiento directo. No se intenta aquí una apología de la violencia tanto como una gráfica introducción a esta crónica.

Cuarentena mediante, los cordobeses venimos asistiendo a enfrentamientos de distinta intensidad entre trabajadores y gobierno, sea este provincial o municipal. La reforma jubilatoria sancionada en plena etapa de aislamiento obligatorio, sin debate previo con las demás fuerzas políticas, inició una serie de conflictos que se coronaron con los frentes abiertos por el intendente Llaryora contra el SURRBAC, el SUOEM y recientemente con la UTA, que nuclea a los choferes de colectivos urbanos (aunque su legitimidad y representatividad sea puesta en duda por más de una facción de sus trabajadores). Concomitantemente, también hemos asistido a un incremento de la violencia policial desplegada para reprimir las protestas. Alguien evidentemente autorizó no sólo persuadir, sino también golpear. Hubo escenas de arrestos y gas pimienta. Se volvió a ver el camión hidrante desfilar por las calles de Córdoba. Se aducen razones sanitarias, se cuenta con cierto apoyo de “los que quieren trabajar”. El hartazgo de la cuarentena parece jugar en contra de los “marchantes”.

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Una táctica propia de la guerra se puso en juego: se tomaron los puentes. Lo hizo el SUOEM de manera pacífica hace unas semanas, lo hizo la UTA el pasado 21 de julio. El fín de semana previo se sacudió desde todos los medios la idea de “la ciudad sitiada”: Los cordobeses no podemos permitirlo” exclama el intendente. Encuentra eco en los canales hegemónicos y el mismo lunes desde la televisión se pide la presencia de un fiscal que bregue por los derechos de los ciudadanos. Se vislumbra un principio de acuerdo desde la TAMSE y su director (el concejal devenido director Marcelo Rodio), aporta la frutilla de la torta en su papel de político gerente de empresa: mirando fijo a la cámara, promete Wi Fi libre de alta calidad en todos los trolebuses. Un servicio de calidad como nos merecemos.

Distintas agrupaciones de choferes marchan y toman de manera pacífica parcialmente los puentes de la ciudad. Se denunciaron algunos incidentes, todos provocados por la policía. Se entonan cantos contra Llaryora, la muchachada está animada. Hay son de vientos y tambores, banderas y morteros. Son numerosos en el Sarmiento y en el Centenario, pocos en el puente Alvear. Se sumaron algunos taxistas y remiseros. Se ven familiares también. El folclore de la toma de territorio, quizás uno de los pocos momentos de real libertad. Imposible olvidarse de la madre del intendente… Así y todo, la sensación que tengo es que el gobierno lleva las de ganar. El tiempo está de su lado y la cohesión es con los empresarios, no con los trabajadores. El gremio está dividido. La necesidad es grande y las urgencias muy urgentes. Tomar la ciudad, asediarla como decía Sun Tzu, es la peor de las tácticas, sólo debe ser considerada como último recurso.

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En el famoso libro “EL ARTE DE LA GUERRA”, el maestro chino explica el éxito en las batallas en base de un profundo conocimiento de las propias fuerzas y de las del enemigo y como, a partir de un sutil juego de engaños y estrategias, conocimiento del terreno y apego a la disciplina, alcanzar la victoria. Hay en Sun Tzu una idealización de los contrincantes, una ética del enfrentamiento y una estética del triunfo. La guerra es un arte, el que domina sus leyes triunfa y el que no, cae derrotado. Una victoria para ambos es impensada.

Increíblemente, el enfrentamiento (“la guerra”) en Córdoba entre municipio y trabajadores del volante se zanjó con un principio de acuerdo entre ambas partes con beneficios mutuos. La municipalidad destraba un conflicto de varias semanas y los trabajadores obtienen la promesa de no despidos y del cobro de sus salarios sin descuentos como así también el cobro del aguinaldo (aunque en cuotas). Se midieron fuerzas, se hizo el ruido necesario. Negociaron y todo volvería a la normalidad. Quién le torció el brazo a quién, todavía queda por verse.

Ignoraba Sun Tzu (en toda su sabiduría no tenía por qué saberlo), que 2500 años después las fronteras entre vencedores y vencidos iban a estar trazadas por los ingenieros del libre mercado. No es casualidad que su libro sea investido libidinalmente por los gurúes del mundo financiero. Del romanticismo de la victoria en el campo de batalla a la carnicería identitaria del capitalismo avanzado, las banderas izadas reflejan intereses personales muy alejados del bien común, al compás del “sálvese quien pueda”. Tampoco cabe negar la existencia de poseedores y desposeídos (la inmensa mayoría), pero un espíritu común alberga los anhelos a ambas orillas del río y desdibuja los limites construídos a partir de las grandes ideas. Todos queremos estar “incluídos” y en ese afán sólo nos preocupamos por ser parte de un sistema que parece invencible. No hay revolución posible porque no es necesaria. El espíritu emprendedor es la llave de la felicidad, aunque conste tan simplemente en cumplir un horario. Meritocracia que le llaman, que no permite ver más allá de coyunturas puntuales. Andrea Cavalletti lo explica en su fenomenal libro “Clase. El despertar de la multitud”: “Sí, entre el Estado, la Sociedad y la Empresa no parece haber ningún margen. Puesto que la empresa nunca ha sido una simple institución, sino que desde el inicio ha sido una técnica política, un modo de actuar en el campo económico, una función social. Encanto del sadismo sin límites: la Empresa en efecto actúa (también a través del aparato estatal), la inclusión ilimitada en la sociedad de empresa.” Todos queremos ser gerentes en una sociedad crepuscular.