Fernando Chávez Solca

 

columnista alreves.net.ar

El macrismo y la falta de palabras

Se ha constituido en una suerte de lugar común en los últimos tiempos señalar las dificultades oratorias que Mauricio Macri evidencia cada vez que hace uso de la palabra en público. Así, florecen los memes que satirizan sobre sus vocablos inventados y los videos con las compilaciones de sus tartamudeos y frases circulares que terminan por carecer de sentido. A ello se suman sus poco pulidos y descontextualizados movimientos de brazos y una gestualidad facial deficitaria que el coaching comunicacional es incapaz de disimular. Hasta aquí ninguno de estos rasgos es marcadamente novedoso o trascendente, es decir, Macri no es el primer líder político con notorias deficiencias para expresarse, ni tampoco dicho problema constituye un pecado político de capital importancia para la gobernabilidad. Sin embargo, sería posible pensar que esa escases de palabras para expresarse junto con la vacuidad de las reflexiones que ofrece están evidenciando (acaso a modo de síntoma) algo más sobre el macrismo que la pura deficiencia en términos individuales de su líder. Dicho de otro modo, las incapacidades lingüísticas de Macri en sus intervenciones no hablan solo de él sino quizás también lo hagan sobre un espacio político que se torna cada vez más impotente a la hora de producir un lenguaje propio que le permita aprehender la realidad de un modo verosímil para la ciudadanía.

Si los discursos del presidente funcionan como una suerte de primer indicador de la falta de lenguaje de la que el macrismo (y con él buena parte de sus adherentes) parece ser víctima; la fallida utilización de una multiplicidad de metáforas durante el último mes por parte de dirigentes del oficialismo o personalidades ligadas a él constituyen un segundo nivel del problema que estamos destacando. Desde el “quiero flan” patentado por el actor Alfredo Casero, pasando por “las seis tormentas consecutivas” que según el propio Macri atravesó el país en los últimos meses, hasta la figura utilizada por el ahora exministro y actual secretario de cultura, Pablo Avelluto, para referirse a la relación de Mauricio Macri y Marcos Peña como “Tom y Jerry”, por tomar solo algunas de las recientes. Decíamos, todos estos movimientos retóricos no son otra cosa que intentos por capturar una porción de la realidad y dotarla de un significado específico haciéndola inteligible para la sociedad. El problema está en que más temprano que tarde el gobierno enfrenta el desbordamiento de sus metáforas, lo que hace que aquellas pierdan sentido, o peor, sean subvertidas en su significado.

La función de la metáfora consiste en desplazar hacia otro registro, diríamos más accesible, algo que es difícil de explicar en sus propios términos. Así, el “como si” de la metáfora en todos los casos apunta a volver aprehensible algo que por su complejidad pudiera resultar relativamente ininteligible para otros hablantes. En este sentido es que tiene una función pedagógica y de amalgamamiento vital para la acción política, acercando a los ciudadanos a temas que pueden resultarles lejanos al tiempo que permite construir principios de lectura compartidos. Pero el drama acontece en cuanto esa figura origina derivas y apropiaciones completamente incontroladas que no son estabilizadas generando una pura dispersión de sentido que no cuaja en ningún sitio. El ejemplo más nítido de este inconveniente lo configura precisamente la ya célebre metáfora del flan de Casero que fue utilizada de formas disímiles, antojadizas y hasta contradictorias al punto que el propio autor debió salir a corregir las (sobre)utilizaciones que se estaban haciendo de su recurso. Esa ausencia a la hora de trazar un límite entre las interpretaciones válidas y las que no, vuelve a evidenciar simultáneamente la falta y la necesidad de un lenguaje compartido que le permita al macrismo y sus acólitos verbalizar su construcción de la realidad. En términos más llanos, el gobierno no está siendo capaz de ofrecerle a la población un léxico lo suficientemente convincente para explicar lo que les está pasando. Las metáforas en este caso se desvanecen no porque sean puras palabras sin materialidad sino precisamente porque no tienen el suficiente significado que las vuelva potentes y las convierta en algo más que un eslogan publicitario gelatinoso. Se apela y aferran a ellas acaso de modo desesperado, porque ante la ausencia de mejores herramientas es lo que se encuentra a mano para actuar.

A colación del aspecto anterior, el tercer elemento que quisiéramos hacer notar es la traducción que esta ausencia de palabras tiene en los votantes o adherentes del macrismo. Las intervenciones en redes sociales o las pequeñas escenas cotidianas comienzan a atestiguar de forma cada vez más contundente la falta de argumentos y motivos para defender al gobierno por parte de aquellos que confiaron o intentan seguir haciéndolo. En un contexto en el que el ya viejo caballito de batalla, la “pesada herencia”, se encuentra en franco decrecimiento fruto de la pérdida de verosimilitud (basta ver cualquier análisis de opinión pública para notar esto), los sectores afines al gobierno están ávidos de elementos que le permitan dar la discusión pública. Sin embargo, el ejecutivo y sus voceros son incapaces de habilitar conceptos desde los cuales poder disputar el espacio comunitario. Como consecuencia de ello empieza a primar el silencio (“los macristas están todos muditos, ninguno dice nada” suele escucharse con cierta frecuencia en las conversaciones entre votantes opositores) y cierto desencanto, apenas matizado por algunos antiguos clichés del antiperonismo clásico que persiste sin aggiornarse demasiado. Así, la estrategia duranbarbeana de ir todo el tiempo corriendo atrás de “lo que la gente quiere” y reproducir lo más transparentemente posible ideas y prejuicios ya instalados para amplificarlos muestra sus límites y lo que es peor empobrece al discurso del macrismo. Es notable como varios dirigentes oficialistas con años de trayectoria política han perdido parte de sus aptitudes para el debate y empobrecido su capacidad a la hora de ofrecer matices en sus lecturas coyunturales reemplazándolas por una retórica voluntarista que solo ofrece un (supuesto) futuro redentor cada vez más lejano. No alcanza con repetir latiguillos o frases vagas. Los ciudadanos, y sobre todo los adherentes al proyecto cambiemista, demandan a sus representantes interpretaciones, palabras, elementos que les posibiliten entender e intervenir sobre lo que les está sucediendo. Si todo lo que tiene para aportar un espacio político es un compendio de lugares comunes insípidos (“vamos bien”, “lo peor ya pasó”, “hay que ser optimistas”) y exclamaciones carentes de profundidad, sin conceptos o significantes susceptibles de ser incorporados en el lenguaje, es probable no solo que ese espacio se disuelva sino que las derivas de ese vacío discurran por carriles peligrosos para la vida democrática. Por eso, en Argentina, al gobierno no solo faltan dólares, sino también, y sobre todo, palabras.