Fernando Chávez Solca

 

columnista alreves.net.ar

El orden como eje de campaña

Una de las preguntas esenciales de la filosofía política a lo largo de su historia ha girado en torno al concepto de orden. Desde la antigua Grecia hasta la actualidad la interrogación acerca de la mejor forma de organizar la vida comunitaria ha encontrado múltiples respuestas que acentúan diversas dimensiones a tener en cuenta de cara a instituir una convivencia sustentable entre los sujetos. ¿Es acaso el mejor orden el más estable? La permanencia en el tiempo ¿es un síntoma de buena organización? O ¿la presencia de conflicto es la representación del fracaso en el ordenamiento comunitario?

Las diversas respuestas a estos interrogantes nos permiten asumir que el orden no refiere entonces a un conjunto de características inherentes sino que se desprende de una fijación política que vuelve tolerable y sobre todo creíble cierto modo de dar forma a las relaciones al interior de una comunidad determinada. Tomando ese punto de partida, la pregunta sobre qué están diciendo los candidatos presidenciales cuando hacen uso de esa palabra se vuelve relevante para reflexionar sobre nuestra coyuntura. Entonces ¿Qué significa el orden para las dos principales fuerzas política que se disputan la elección?

Por el lado de Juntos por el Cambio el vocablo orden adquiere un lugar decididamente relevante en su retórica. Sin ir más lejos, la semana pasada en su acto en Córdoba, el presidente Macri decía que para él la política es “ingeniería, gente trabajando, ordenada, a pesar de que muchos sindicatos se oponen”. Es sumamente sugerente esta frase, por un lado porque nos da la pauta de lo que para él es la acción política: ordenar y asignar lugares a ocupar. Pero además, porque permite comenzar a ver que aquellos que se oponen a esa organización no pueden más que ser revoltosos que no se adaptan a los roles asignados, actores que no quieren someterse a las normas generando un conflicto que no es posible tolerar. En consecuencia, el orden propuesto adquiere un carácter no politizable, no discutible y quienes se resisten son colocados en el lugar de la violencia, la mafia o la irracionalidad. Todas posiciones en las que típicamente el oficialismo ha ubicado a quienes piensan diferente.

En esa línea es que cobra sentido el conjunto de tópicos al que el orden aparece ligado en las intervenciones públicas del gobierno: narcotráfico; control de la protesta social; regulación migratoria u; orientación del modelo económico. En todos los casos el significante orden adquiere un lugar central al oponerse al descontrol y despilfarro populista de antaño. Vigilar las fronteras, garantizar la libertad de circulación, impedir el ingreso irrestricto de extranjeros o volver al mundo, forman parte de cierto sentido común instituido en algunos sectores poblacionales y son expuestos como manifestaciones casi naturales del ordenamiento necesario y de la reorganización de un Estado que antagoniza con el pasado reciente al que se caracteriza como indisciplinado. No hay demasiado que fundamentar, “haciendo lo que hay que hacer” reza el eslogan de gestión. De esta manera, la propuesta del gobierno no deviene en conservadora solo por el contenido de sus propuestas sino y sobre todo, por la forma en que se estructura al no reconocer la posibilidad de otro lenguaje que instituya un modo distinto de organizar el mundo. Lo que se anula es la posibilidad misma de distribuir los lugares de otra manera y la legitimidad de los actores que aspiran a otro tipo de ordenamiento.

Ahora bien ¿de qué manera aparece el orden en la propuesta de Alberto Fernández? Contrariamente a lo que se podría suponer en base a que no parece ser una palabra propia del léxico nac&pop, la idea de orden ocupa también un lugar principal en el discurso de Frente de Todos pero con una connotación ciertamente diferente a la que tiene en las líneas oficialistas. Para empezar, ya desde uno de sus primeras intervenciones mediáticas el ex Jefe de Gabinete convoca a “ordenar el caos” que la administración Macri está dejando y apela a su experiencia dado que en el 2003 él ayudó “a sacar al país de la crisis”. Esta es una línea que el kirchnerismo ya había comenzado a explorar en el turno electoral del 2017 cuando la ahora senadora Cristina Fernández de Kirchner manifestaba en sus actos que el actual gobierno “le desordenó la vida a la gente” y era esa situación la que se volvía necesario reorganizar en lo que hoy llama un “nuevo contrato social”. Pero cuando el binomio opositor habla de orden evidentemente no está pensando en la seguridad, los piquetes o los controles fronterizos con los países vecinos como indicábamos en los párrafos anteriores ¿A qué se refiere la fórmula Fernández-Fernández con ordenar? La frase de una ciudadana que aparece en un spot publicitario puede ayudarnos a clarificar esto. Ella expresa que Alberto es la esperanza de “tener una vida planificada, ordenada, donde uno pueda saber qué compra mañana en el supermercado y saber si le alcanza o no la plata”. El sentido del orden aparece de esta manera disputado, encarnándose en cuestiones bien inmediatas: trabajo, comida y dignidad. El orden está ligado a dar previsibilidad, sí. Pero aquí no tiene que ver directamente con que cada uno haga lo que tiene que hacer u ocupe el lugar asignado autoritativamente, sino a que cada ciudadano pueda cubrir sus necesidades más elementales. El orden no es la quietud o la inmovilidad producto de que todos individualmente respetan lo que les toca, sino que aquí aparece bajo la forma de la posibilidad misma de transformar la vida de las personas, de reparar un daño. Eso es una sociedad ordenada en la propuesta del Frente de Todos.

De este modo, vemos que la construcción del orden impulsado por Juntos por el Cambio es impugnada por la oposición tornándolo una palabra polémica. En otros términos, se produce la politización de lo que implica el buen orden, que desestructura algunos sentidos enraizados y evidencia otras articulaciones posibles. Podría decirse que la oposición ofrece una recuperación de un término que se presupone ajeno a su gramática y de ese modo primerea al oficialismo al ofrecer algo original que implica una propuesta de futuro. Y así, quizás este 2019 estemos eligiendo, una vez más, en qué tipo de orden queremos vivir. Porque el final de cuentas la política es siempre la disputa por el sentido del orden.