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Estefanía Nosti

Periodista y escritora

columnista alreves.net.ar

El peligro de la sola historia

Chimamanda Ngozi Adichie. Escritora nigeriana.

Antes de irse a vivir afuera, una muy querida amiga me regaló un libro de Chimamanda Ngozi Adichie, por considerarla una lectura imprescindible para criar a mi hijx por nacer. Primero descubrí sus palabras, supe qué tenía para decir. Pero fue después de un tiempo que descubrí de dónde provenían esas palabras, aquello que daba inicio a su largo recorrido como escritora. La historia de quién escribe es indisociable de su escritura, como todo relato surge de otros que lo anteceden y que a través del interés o la negación lo hacen nacer.

Adichie es una novelista nigeriana, cuya vida se encontró signada por las inexactitudes que ocasiona el toparnos con un sólo tipo de relato frente a las múltiples realidades que nos circundan. Cuando era niña leía los libros que más fácilmente se encontraban en Nigeria, libros que eran escritos en otras tierras, muy lejanas, habitadas por personas con otros colores de piel, con otras costumbres y climas, que comían y vestían de una manera muy diferente a como lo hacían en Nigeria.

Sus primeros relatos de la infancia eran protagonizados por niñas rubias de ojos azules que comían manzanas. La ausencia de protagonistas africanxs en los libros que leía le hacía pensar que no había lugar para ellxs dentro de la literatura, por lo que la construcción de una narración debía de estar sujeta, indefectiblemente, a personas y circunstancias con las cuales ella no se podía identificar. El peligro de la sola historia, del relato unívoco, de la idea prefabricada acerca de quiénes somos y de dónde venimos, tiende a desdibujar nuestras diferencias con el afán de alinearnos en categorías que simplifiquen nuestro modo de conocer. De acuerdo al lugar donde nos posicionemos es que una determinada historia prevalecerá por encima de las demás.

Como sostiene Adichie: “la historia única crea estereotipos que no necesariamente son falsos, pero sí son incompletos”. Se origina en una narración encasillada que muestra a sus protagonistas de una manera, de una sola manera, y logra instalarse en el pensamiento mundano a través de su repetición constante. ¿Cómo se cuentan las historias? ¿Quién las cuenta? ¿Cuándo las cuenta? ¿Cuántas historias son contadas? Detrás de estas preguntas se esconde un ejercicio de poder, aquel que hace posible contar la historia de otra persona, pero también hacerla definitiva.

La primera historia incompleta que conoció fue a sus ocho años de edad, acerca de un niño llamado Fide que trabajaba en su casa, sobre quien su madre siempre le contaba lo pobre que era su familia. Cada vez que no quería terminar de comer, su madre le recordaba que la familia de Fide no tenía nada. Pero al conocer la casa de Fide y descubrir que en su familia también había artesanos que hacían hermosas canastas de rafia, comprendió que había considerado que tener nada era igual a no poder hacer nada. “No se había cruzado por mi mente que alguien en su familia pudiera, de hecho, hacer algo. Lo único que había escuchado sobre ellxs era lo pobres que eran, por lo que se había vuelto imposible para mí verlos como algo más que pobres. Su pobreza era mi única historia”.

Cuando Adichie llegó a Estados Unidos a estudiar en la universidad, su compañera de cuarto se encontró sorprendida por su manejo del inglés, desconociendo por completo que es el idioma principal en Nigeria. Cuando le pidió escuchar su música tribal, se decepcionó al encontrarse que Adichie solo traía consigo un CD de Mariah Carey.

En un viaje de Estados Unidos a México, descubrió que ella misma había asumido la historia única que relataban los medios norteamericanos sobre lxs inmigrantes mexicanxs como verdades acabadas. En las cuales sus protagonistas eran presentados como viles saqueadores de los sistemas de salud, hábiles escapistas de la justicia. “Recuerdo caminar en mi primer día por Guadalajara, mirando a la gente ir al trabajo, amasando tortillas en el mercado, fumando, riendo. Recuerdo que primero me sentí un poco sorprendida. Y luego me abrumó la vergüenza. Me di cuenta que había estado tan inmersa en la cobertura mediática de lxs mexicanxs que se convirtieron una cosa en mi cabeza: el inmigrante abyecto. Había comprado la historia única de los mexicanos y no podía estar más avergonzada de mí misma”.

Las historias únicas nos dejan fragmentos incompletos y protagonistas invisibles. Nos dejan la sensación de que hay quienes jamás serían capaces de vivir grandezas y hay quienes jamás saldrán de su avaricia. Las historias únicas simplifican complejos entramados humanos que no permiten ver los duelos y las adversidades. No se puede conocer a un lugar o a una persona a través de un único relato, sin comprender la urdimbre cultural en la que se sitúa, la red de múltiples historias que atravesaron su pasado, el árbol genealógico de su tierra. “La sola historia roba la dignidad de las personas, dificulta nuestra percepción sobre la equidad humana, empatiza sobre lo que nos hace diferentes en lugar de aquello que nos hace similares”.

La permanencia de las historias únicas es la permanencia de un relato incompleto, de protagonistas desconocidxs, de amores náufragos, de héroes y heroínas anónimxs. ¿Cuántas otras historias continúan a la espera de formar parte de los relatos?