En cuerpo y alma

Angustia, insomnio, falta de apetito y problemas ginecológicos son algunas de las afecciones que padecen en silencio muchas mujeres que están viviendo situaciones de violencia de género. “Están tan alertas a sobrevivir y a cuidar de la vida de su hijos que dejan de ir al médico”, afirman desde el Polo de la Mujer de Córdoba. Frente a la violencia disruptiva, tardan mucho tiempo en reconocerla presionadas por los mandatos patriarcales que les indican que deben sostener el proyecto familiar. Logran decir basta cuando descubren alguna infidelidad o cuando sus hijos interceden ante el agresor.

 Miércoles, 18-septiembre-2019

El amor romántico y los mandatos patriarcales presionan a las mujeres que soportan durante años daños físicos y emocionales en situaciones de violencia machista


La violencia de género ya se cobró 223 vidas en el país durante este año. Pero antes de perder la vida en manos de los femicidas, las mujeres soportan en silencio –a veces durante más de 20 años- síntomas físicos y emocionales que muchas veces no son detectados por un sistema de salud pública que demora en incorporar la perspectiva de género. Según los especialistas, la violencia en el hogar pone en peligro la salud de todos los involucrados, disminuyendo las defensas orgánicas y o volviendo más rígidas las defensas psíquicas, incrementan las enfermedades existentes o se producen nuevas alteraciones. Estas manifestaciones podrían funcionar como llamadores de atención, pero pasan desapercibidas porque las mujeres “están tan alertas a sobrevivir y a cuidar a sus hijos que dejan de ir a la consulta médica”, afirma a Al Revés Sandra Cáceres, psicóloga y diplomada en violencia familiar que trabaja en el área de asistencia en el Polo de la Mujer.

Ante el primer contacto con las instituciones, los indicadores frecuentes “son una alta angustia, hay confusión, expresan vergüenza, se apropian de la culpa de quien ejerce violencia, hay dudas y ambivalencias cuando aún no han denunciado”, señala. La dispersión, los problemas de memoria y las dificultades para dormir son otros signos claves de la violencia. “El insomnio aparece como síntoma de stress post traumático y, además, porque en algunas oportunidades el agresor hace ejercicio de poder cuando ellas duermen: controlan, revisan o intentan tomarlas por la fuerza a nivel sexual”. A este infierno, se le suma el agravamiento de enfermedades previas como la diabetes, problemas de tiroides y afecciones ginecológicas como amenorrea, dismenorrea, hemorragias y desgarros cuando hubo violencia sexual. Otras mujeres han necesitado volver a armar partes de sus cuerpos: la reconstitución maxilar y el cambio de prótesis dentarias son frecuentes en las mujeres que acuden a la consulta médica.

La especialista explica que a las mujeres les cuesta ponerle nombre a la violencia porque están “enajenadas” y que sólo reconocen como violencia la violencia física que es la más evidente, pero con el tiempo se dan cuenta que la violencia emocional es la más devastadora. “Comienzan a aislarse, les da vergüenza socializar y desconfían”. Hablar parece ser lo más difícil. Cuando los casos son de mayor gravedad, “sus voces son tenues, casi inaudibles, no miran a los ojos, ya no lloran ni ríen”, comenta angustiada la profesional. Las víctimas colaterales de esta violencia son los niños que conviven con el agresor que también comienzan a tener pesadillas, no descansan bien, no comen y tienen dificultades de aprendizajes. En el caso de los adolescentes, “se fugan el hogar, dejan de ir a la escuela y sufren adicciones”.

Los niños y las infidelidades como despertadores del cambio

En ese sentido, los niños y adolescentes funcionan como agentes de cambio porque “interponen el propio cuerpo, protegiendo a la mamá o pidiéndole al progenitor que deje de golpearla”. También las derivaciones de los docentes que solicitan asistencia terapéutica para los niños provocan que la violencia familiar sea puesta en palabras y las mujeres “despierten” de la pesadilla que están viviendo. En otras ocasiones, los puntos de inflexión son las infidelidades. “Cuando descubren que el agresor les es infiel, recién ahí pueden pensar en finalizar la relación”, explica Sandra. Las búsquedas de empleo con entrevistas minuciosas, las campañas de prevención y las marchas de Ni Una Menos también facilitan que las mujeres se enteren de lo que están viviendo.

Desde el área de asistencia del Polo de la Mujer realizan un trabajo interdisciplinario de asesoramiento, contención y seguimiento, aunque están saturadas: atienden 80 casos agendados por mes, pero hay un 50% más de demanda espontánea. Allí, parte de su tarea es valorar el riesgo, con qué probabilidad y con qué gravedad se puede presentar otra situación de violencia. “Ni el botón pánico ni el dispositivo de gps y tobillera son garantía de poder sobrevivir frente a las situaciones de riesgo de femicidio. Nosotras en lo cotidiano vamos trabajando estrategias para que ellas puedan adelantarse algunos pasos”, comenta. Si bien admite que la salida de las situaciones de violencia no es unidireccional porque “a veces son 20 pasos para adelante, 40 para atrás, cinco para adelante, dos para atrás”, son muchas las mujeres que en un término de tres años han logrado salir de situaciones de violencia y han generado herramientas psicológicas para detectar un posible control o violencia emocional. “Es muy importante la aplicación de la Ley Micaela para que en todos los ámbitos las personas se formen y puedan ayudar a descubrir y a visibilizar la violencia”, concluye.