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“Es fácil un fraude masivo pero difícil de detectar”

El voto electrónico fue rechazado por la comunidad científica, informática y jurídica cuando se discutió el proyecto de ley en 2017. Mientras los países tecnológicamente más desarrollados fueron abandonando su uso por inseguro y antidemocrático, el gobierno de Macri insiste con aplicarlo en las próximas elecciones nacionales, aunque sólo funcione en 5 lugares del planeta. Además, en la Argentina hay una sola empresa que provee las máquinas, y las experiencias de Salta y Ciudad de Buenos Aires mostraron serias irregularidades.

 Sábado, 9-febrero-2019


Por Camilo Ratti

“Es una vergüenza que todavía votemos en papel, cuando en todo el mundo se está utilizando el voto electrónico, que es mucho más ágil y seguro”, dijo Marcos Peña en conferencia de prensa, quejándose de la lentitud del proceso electoral en 2015. El mundo del Jefe de Gabinete se reduce a 5 países que utilizan este sistema entre 200: Venezuela, Brasil, India, el Congo (donde denunciaron fraude) y parte de Estados Unidos. El resto, sobre todo los más desarrollados tecnológicamente y que el gobierno no se cansa de poner como ejemplo a imitar, utilizan -en su mayoría- la boleta única de papel. Corea del Sur, paradigma informático, es uno de ellos.

Alemania y Holanda incluso lo declararon inconstitucional después de utilizarlo algunos años, por una razón que no parece importarle al macrismo: la inmensa mayoría de los ciudadanos no comprende cómo funciona el sistema, ni está en condiciones de fiscalizarlo y auditarlo, lo que viola sus derechos políticos fundamentales. Lo mismo pensaron Finlandia e Irlanda, naciones que están a la vanguardia en lo tecnológico-informático.

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“Si una empresa está decida a hacer trampa es imposible saberlo. El voto electrónico requiere de un acto de fe y de una honestidad increíble”, advierte a este portal Javier Blanco, director de la Maestría en Tecnología, Política y Cultura de la Facultad de Sociales, Filosofía y Artes, profesor de Famaf y especialista consultado por el Congreso cuando debatió la implementación del voto electrónico. “El problema grave es que se abre la posibilidad de un fraude masivo e indetectable, algo que no ocurre en las urnas de papel, porque es imposible que un ser humano pueda controlar todo el sistema de votación”, agrega el especialista.

El voto electrónico es rechazado por la inmensa mayoría de la comunidad científica e informática que fue consultada y convocada por los legisladores en 2017, porque no preserva la decisión del votante, la condición secreta del voto y la auditabilidad, es decir, que pueda ser fiscalizado. La computadora procesa información, utiliza distintas capas de software y sólo muy pocas personas tienen posibilidad de saber qué pasa entre el voto y los resultados finales.

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Inseguro y antidemocrático

“Es imposible saber o descubrir si se ha hecho trampa, porque además hay una sola empresa que provee las máquinas y el software”, explica Joaquín Sorianello, programador que fue amenazado luego de descubrir y advertir públicamente múltiples irregularidades del sistema provisto por Magic Software Argentina, la única empresa contratada para las elecciones porteñas de 2015.

“El voto electrónico no es seguro, y en eso estamos de acuerdo todos los periodistas especializados en tecnología, todos los expertos en informática, porque es un sistema que no puede ser fiscalizado por el resto de los ciudadanos, que es el cimiento de la democracia”, explica Irene Sternik, periodista de tecnología, en el documental “La Caja Negra, el mito del voto electrónico”.

Rodrigo Iglesias, abogado especialista en derecho informático, refuerza la vulnerabilidad de lo que el macrismo busca vender como la panacea electoral: “No cumple con los requisitos para garantizar integridad, auditabilidad y transparencia, es decir, que todos los votos valgan 1”. Consultado para el audiovisual, dejó al descubierto la supuesta “invulnerabilidad” del sistema que pregonan Juan Manuel Urtubey y Horacio Rodríguez Larreta, elegidos en 2015 a través del voto electrónico. “En la Ciudad de Buenos Aires había más votos que personas habilitadas para votar por comuna, porque se pusieron mal las comunas. El sistema no fue auditado ni peritado por nadie. Y en Salta se comprobó que la gente creía que su voto era menos secreto cuando era electrónico”.

La tecnología dejó mal parado al gobernador salteño, cuya máquina falló al momento en que iba a sufragar. “Tuvieron que llamar a un técnico, que cambió un CD a la vista de todas las autoridades de mesa, que no dijeron nada”, criticó Delia Ferreira Rubio, presidenta de Transparencia Internacional, una ONG especializada en la lucha contra la corrupción. “La legitimidad del sistema tiene que ver con la autoridad que controla, con los fiscales que puedan seguir los procesos. La ciudadanía debe poder confiar en el sistema y poder controlarlo. No se puede dejar la votación de un país en manos de una empresa privada, privatizar el proceso no solo es el peor negocio que podemos hacer, es un riesgo enorme para la democracia”, resaltó la doctora en derecho.

Caja Negra

Enrique Chaparro, especialista en informática de la Fundación Vía Libre, contrapuso el voto electrónico al papel con argumentos muy simples pero contundentes: “Las habilidades para seguir todo el proceso y controlar la elección son elementales: leer, escribir y aritmética simple”. Y recordó que la idea de votar con máquinas no es nueva, viene de fines del siglo XIX en Estados Unidos. “Un sistema electrónico es una caja negra, lo que pasa no está al alcance de la mayoría de los votantes. No existe en el mundo un humano capaz de analizar completamente un sistema de voto electrónico”.

Y puso como ejemplo el caso argentino: “Tenemos alrededor de 96 mil mesas, ¿cómo hacés para hacer fraude o cambiar votos en cada urna? Necesitarías por lo menos 96 mil actores o cómplices para modificar 5 votos por urna”. El problema se da en elecciones reñidas, como pasó en el ballotage argentino en el 2015, cuando Macri venció a Scioli por apenas 2 puntos, poco más de 600 mil votos sobre un padrón de 20 millones. “El voto electrónico es un sistema que permite escalar los problemas, posibilita un fraude masivo”.

Beatriz Busaniche, histórica integrante de la Fundación Vía Libre, recuerda que “los países que lo implementaron se dieron cuenta que esta tecnología no respetaba los derechos constitucionales de la ciudadanía en un país democrático, y por eso entre 2008 y 2010 hubo una seguidilla de países que lo abandonaron, incluso sin haber confirmado si hubo fraude o no, como en Alemania”.

En Bélgica e Irlanda se compraron las máquinas y frente a las denuncias de expertos y fuerzas políticas, se dejaron de lado. “En Estados Unidos se confirmaron fraudes masivos, había máquinas que eran manipuladas a través de un wifi. Es más, luego de años se confirmó que George Bush ganó las elecciones de Florida ante Al Gore con fraude”, recordó Blanco. “Además las máquinas no tienen repuestos, hay que cambiar todo en cada elección”.

Alfredo Ortega, doctor en Ciencias de la Computación que fue entrevistado para “Caja Negra”, afirma que “las fallas pueden estar en cualquier parte del sistema. Yo encontré en las elecciones de 2015 una falla en la que podías meter 20 votos en una boleta. En Estados Unidos había fallas en las pantallas, vos apretabas un botón con una opción y la máquina emitía otra, porque las pantallas estaban mal calibradas”.

En plena discusión en la Cámara de Diputados, el experto en informática Javier Smaldone demostró en vivo, frente a la mirada atónita del diputado macrista Pablo Tonelli, cómo se podía manipular el voto desde un celular sin que la persona sacara el aparato de su bolsillo en el cuarto oscuro.

Arma de doble filo

La vulnerabilidad del voto electrónico es matemática pura, y así lo explica Busaniche: “El teorema de Hosp y Vora dice que es imposible construir un sistema que pueda garantizar las 3 cuestiones centrales de un sistema electoral: integridad, confiabilidad y auditabilidad”. “La tecnología sirve, pero no se puede poner una caja negra. Una computadora puede hacer cualquier cosa, cosas muy sutiles y precisas, sin que la gran mayoría conozca el problema”, señala Blanco, otro de los expositores en el Congreso.

Además de reclamar el uso de tecnología pública, el profesor de Famaf derrumba el discurso de transparencia que el macrismo esgrime para defender el voto electrónico: “Existe una opacidad enorme en todo este proceso. La urna electrónica arruina la transparencia”. En sintonía con Busaniche, el secretario general de Adiuc asegura que “la tecnología deber servir para controlar, no para ocultar”.

Si lo abandonaron Alemania, Holanda, Bélgica, Finlandia, Irlanda, que están a la vanguardia en lo tecnológico, porqué querríamos implementarlo en Argentina. “Es evidente que hay otros intereses para implementarlo. Es más, existe una sola empresa que licita las máquinas del voto electrónico”.

Impulsora del software libre y de la tecnología como bien común, Busaniche advierte de los riesgos de la “tecnofilia”, la cultura que en el siglo XXI cree aportar las soluciones a todos los problemas económicos y sociales. Con una gran capacidad para influir en la opinión pública a través de grandes medios y la “Big data” que aportan las redes sociales y gigantescas bases de datos que el gobierno manipula con fines políticos, el voto electrónico es la mayor estafa que el gobierno guarda bajo la manga.

“Usamos la tecnología, pero no la controlamos”, alerta Busaniche. Aunque el tiempo juega en contra, en el macrismo aún sueñan con esa jugada para intentar salir victoriosos en octubre.