Raúl Dellatorre

Editor General de Motor Económico

columnista alreves.net.ar

Es la recesión, estúpido

“The economy, stupid”, rezaba la frase que el estratega electoral James Carville colgó en las oficinas del comando de campaña de Bill Clinton en 1992 cuando el entonces gobernador de Arkansas enfrentaba a George Bush, padre, en la contienda presidencial de los Estados Unidos de ese año. Con los años, la frase se popularizó y se repitió traducida como “es la economía, estúpido”, aunque la original que se leía en aquel bunker de Little Rock era así, como se cita más arriba, con verbo implícito y una coma. La intención de Carville era señalarle a Clinton cuál era el eje del cual no debía apartarse, al cual referirse en toda ocasión para favorecer su chance electoral.

En la Argentina de 2019, el tema económico ya quedó instalado como eje de campaña, mal que le pese al gobierno de Cambiemos. El gobierno utiliza como uno de sus argumentos que con la actual gestión “logramos entrar al mundo” mientras el anterior (peronismo/kirchnerismo) “nos aislaba”. Mauricio Macri, presidente de la Nación y candidato a un segundo mandato, aprovechó la visita de Wilbur Ross, secretario de Comercio de Estados Unidos, para aludir a las conversaciones que el enviado de Donald Trump ya había mantenido en Brasilia con Bolsonaro y Paulo Guedes, y lo que planteó aquí ante los funcionarios del gobierno: impulsar un tratado bilateral con ventajas comerciales que, al menos, igualen las que le prometieron otorgar a las empresas europeas. “Lo bueno que está pasando es que al mundo le interesa relacionarse con nosotros. Tener vínculos con Argentina. El mundo cree que tenemos capacidades y cosas por aportar”, resumió Macri, celebrando “tanto interés” por lo que el gobierno les ofrece: recursos baratos y facilidades para hacer negocios rápidos y súper rentables.

Por si quedaran dudas sobre sus intenciones, Wilbur Ross las dejó más en claro cuando, en un desayuno que compartió con representantes de empresas estadounidenses con asiento en Argentina, asociados a la American Chamber (Amcham), preguntó “por qué se demoran tanto las reformas laboral y previsional”. No quedan dudas: la mano de obra barata y los fondos públicos forman parte del botín que aspiran a recibir de manos del gobierno argentino vía “tratados comerciales”.

Un primer conflicto a señalar es si esta “apertura al mundo” del gobierno de Cambiemos resultó efectivamente beneficiosa. Macri abrió puertas y ventanas del país a los intereses económicos y financieros esperando recibir el aire fresco de las inversiones. Pero lo que se venía no era una agradable lluvia sino un temporal, con vientos huracanados que aprovecharon la amplitud de los espacios de entrada para entrar. Los 20 a 25 mil millones de dólares fugados del país por año en la gestión de Cambiemos no es otra cosa que la síntesis del saqueo de los recursos locales, vía tasas de interés, sustitución de producción por oferta importada, o simplemente giro al exterior de ganancias extraordinarias obtenidas en sus negocios locales por capitales concentrados favorecidos por las políticas del gobierno.

No parece ser una estrategia de “inserción” muy inteligente. Tampoco promete resultados más auspiciosos celebrar tratados de comercio en situación de debilidad o vulnerabilidad, en la que son los países dominantes de Occidente los que fijan las condiciones en favor de sus capitales. Por este rumbo, la industria y el trabajo local va camino de perder espacios definitivamente a manos de empresas europeas sin compensación por ingreso de productos locales a los mercados europeos. Lo peor es que, ante el reclamo estadounidense, las condiciones de entrega de los mercados locales al capital europeo deberán reproducirse en un tratado con Estados Unidos, lo cual reduce aún más la posible cuota de participación para los capitales locales. Y una advertencia más: en la medida que Brasil muestra disposición a abrir su mercado a la “competencia” europea y norteamericana, también quedará afectada la oferta de manufacturas argentinas, que tiene en ese país su mercado más importante en el exterior.

Pasaron cosas

La economía mundial hoy está dominada por las tendencias proteccionistas y las disputas comerciales entre potencias. Además, un estancamiento en el crecimiento de las distintas regiones que golpea en mayor medida al comercio internacional. En un contexto así, quien renuncie a todas sus defensas se anota en los primeros lugares para pagar los costos. La política de inserción en la economía mundial a partir de diciembre de 2015 ha sido pésima, y las fracturas en la economía nacional son su consecuencia. En el mundo “pasaron cosas”, pero las que pasaron aquí fueron peores.

El problema de la deuda y el desbalance cambiario (por salida de divisas que superan al ingreso por casi 50 mil millones de dólares por año) se corresponden con esa mala inserción. Es un tema central a resolver. Y reconocerlo es un primer debate. El segundo es cómo salir. El principal candidato de la oposición, Alberto Fernández, puso la cuestión en escena, pero planteó una herramienta, al menos, cuestionable: una suba importante en el valor del dólar, compensada internamente por un acuerdo de precios que evite que su traslado provoque un nuevo salto inflacionario. Más allá de la viabilidad y probabilidades de cumplimiento de un acuerdo de esa naturaleza –que merecería un análisis en otro artículo–, lo que se trata aquí de ver es si una devaluación (tener un dólar competitivo es el modo políticamente correcto de decirlo, pero es lo mismo) tiene los efectos favorables sobre la producción y la exportación que habitualmente se le atribuyen.

La experiencia argentina tiene un antecedente muy cercano para analizar. En los primeros días de abril de 2018 el dólar billete cotizaba, para la venta, a 20,80 pesos (podría tomarse el valor divisa o el mayorista, pero por la magnitud de la variación, las diferencias decimales no interesan). Un año después, al arrancar abril de 2019, había trepado a 43,70 pesos. Luego osciló, pero nunca bajó de 42 pesos, por lo cual, en cualquier caso, la variación del tipo de cambio de un año a otro, tomando de referencia el inicio del segundo trimestre, fue superior al 100 por ciento.

La variación del IPC entre esas mismas fechas estuvo en el orden del 50 al 53 por ciento, por lo cual la sobrevaluación en términos reales (deflacionados) fue más que significativa. ¿Qué pasó con las exportaciones entre mediados del año pasado y aproximadamente la misma fecha del actual? Es decir, unos 60 días después, cuando esos cambios en el valor del dólar debieran haberse visto reflejados. Las estadísticas revelan que, salvo los aumentos provenientes de una cosecha récord, en general se observa que las ventas al exterior, sobre todo las de manufacturas de origen industrial, se mantuvieron estables o, peor aún, retrocedieron. En cambio, las que sí retrocedieron mucho fueron las importaciones. Apurado, uno podría decir “hubo una mayor elasticidad precio de las impo, que reaccionaron rápidamente al estímulo negativo (aumento del dólar que se paga), que las expo reaccionaron más lento o no reaccionaron al estímulo positivo (aumento del dólar que se cobra).

¿Qué le faltaría a este análisis simple y apurado? Anotar que, en el interín, se produjo una recesión interna en la economía argentina que, por lo prolongada y dañina, va convirtiéndose en un hito histórico. Los que habitualmente importaban se “clavaron” con stocks en depósitos que ya no saben cómo liquidar para tratar de evitar, aunque sea, el costo de mantenimiento. Los pocos que exportaban sufrieron, en el mejor de los casos, la caída de la demanda de los mercados a los cuales vendían, por ejemplo Brasil. En el peor de los casos, debieron cerrar. La gran mayoría de esas empresas que exportan son, a su vez, proveedoras al mercado interno, con lo cual sufrieron las consecuencias del hundimiento de la demanda interna. “Ojalá la importación volviera a ser un problema”, dijo un par de semanas atrás un referente de la industria textil a este periodista. “Por lo menos significaría que peleamos por un mercado que existe: hoy no hay demanda para nadie, ni fabricantes locales ni importadores”.

Este es el punto. Con recesión interna, ¿a quién ayuda una devaluación? Seguro, a los que viven habitualmente de la exportación, porque mejorarán sus ingresos sin exportar más. Para los mercado internistas, la importación dejó de ser un problema, porque no hay demanda. Al contrario, una devaluación seguramente le aumente alguno de sus costos (insumos, materias primas), por más acuerdo de precios que haya. Adenás, no puede descartarse alguna filtración de la suba del dólar a precios internos, con lo cual se agravaría la pérdida de poder adquisitivo de salarios y jubilaciones.

Entonces, el punto de partida es la recuperación de la demanda, del poder de compra de la población. Y controlar por otras vías la salida de divisas, porque el problema de la restricción externa no se resuelve bajando importaciones. Ni se resuelve devaluando. “La recesión, estúpido”, debería decir el cartel en los bunkers de campaña de aquellos que aspiran a cargos electorales disputándolos proponiendo un cambio de modelo. Con medidas estructurales, pero también con las urgentes.

Publicado en Página 12.