Hay hambre

Ya no sólo dan de comer a los niños: ahora también asisten los padres. Los comedores de la ciudad de Córdoba hacen malabares para sostener los espacios. Legumbres en reemplazo de la carne y leña en lugar de garrafas son algunas de las medidas que han tenido que tomar para poder seguir adelante.

 Miércoles, 11-septiembre-2019

La emergencia alimentaria es una cruda realidad


Mientras la oposición política pelea para que se declare la emergencia alimentaria mañana jueves en Diputados y las organizaciones sociales realizan un acampe por 48 horas en todo el país, el gobierno de Mauricio Macri habilitaría el quórum para la aprobación del proyecto, luego de que sus funcionarios responsabilizaran a los dirigentes sociales por la pobreza y adjudicaran intenciones electorales a esta situación.

Según indicaron desde la organización Barrio de Pie, se ha detectado un 40% de niveles de malnutrición y, lamentablemente, remarcaron que ya aparecieron signos de desnutrición en los niños. Ante esta delicada y dura realidad, quienes intentan garantizar el crecimiento y desarrollo de los más pequeños no están en cargos gubernamentales, sino en los barrios más populares.

“Algunos repiten la comida porque es el único alimento que van a tener en el día y, muchas veces los fines de semana vienen a tocar el timbre para preguntarme si no me quedó algo de pan, algo de leche”, comenta angustiada María Cristina Parra, coordinadora del Comedor Los Bajitos Primero de barrio Villa El Libertador. Alrededor de 120 niños asisten por día durante los cinco días de la semana, pero comenta que ahora se están acoplando algunos papás y mamás que no tienen qué comer. “Cuando los padres no se animan a ir, son los mismos niños los que piden una vianda para la mamá que no comió”, afirmó la mujer.

Algo similar sucede en el Comedor El Samaritano de barrio Guiñazú que funciona en la casa de Marta Rivero, una mamá luchadora que puso a disposición su hogar para ayudar a la gente de la zona. Lo que comenzó con la implementación de la Copa de Leche, se amplió luego a cena los días sábados y domingos, ya que durante la semana los niños tenían la posibilidad de comer en las escuelas. Pero aproximadamente desde hace unos tres meses, decidieron abrir también días de semana porque había mucha demanda. “Nos envían leche, azúcar, harina y aceite para 50 raciones, pero acá vienen 60 niños y alrededor de 20 adultos”, indica Marta. “Ojalá que nos ayuden porque no damos a basto”.

Esta situación se repite en barrio Ampliación Ferreyra, en el comedor Corazón Contento. Vanesa Rojas, encargada del lugar, explica que hasta hace un tiempo el espacio funcionaba en su casa, pero frente al aumento de niños y adultos que iban a alimentarse allí, tuvieron que buscar un sitio más amplio. Allí, son tres personas las que cocinan y organizan la cena de casi 100 niños, intentando cumplir con una dieta que cubra los nutrientes de los pequeños. “Me gustaría cocinarles albóndigas o hamburguesas, pero está todo muy caro. Cuando les das un pedazo de queso, pareciera que les dieras el Premio Nobel”.

“Cuando los padres no se animan a ir, son los mismos niños los que piden una vianda para la mamá que no comió”

María Cristina Parra del comedor Los Bajitos Primero de Villa El Libertador

El hambre y la grave crisis económica incidieron de manera profunda en la cotidianeidad de los más humildes. “Antes utilizábamos 4 garrafas de gas de 10 kilos, ahora tuvimos que optar por un horno chileno a leña, lo que provoca que haya comidas que no podamos hacer: sólo estofados y guisos que se cocinan todo junto”, cuenta María Cristina. “Entre todas colaboramos: una lleva cebolla, otra salsa, y así vamos viendo qué prepararles a los chicos”, agrega Marta del comedor de Guiñazú. “Acá por ejemplo tenemos un solo fuentón para lavar todos los platos y a los niños les pedimos que si pueden traigan sus propios cubiertos porque no tenemos mucho”, afirmó Vanesa del comedor Corazón Contento.

Todas coinciden en que la situación social y económica es grave. Muchos de los vecinos están desocupados, son changarines o vendedores ambulantes. La falta de trabajo y la ausencia del Estado es evidente. “Hay una negación total de los derechos de las personas”, concluye Vanesa.