Despejado

30°

Córdoba
Capital

EN VIVO
NADA DEL OTRO
MUNDO
/ de 7 a 9 hs
suscripcion alreves.net.ar

“Hoy todo está afectado, la familia, lo comunitario, lo institucional”

Silvia Plaza, docente e investigadora de la cátedra de Intervención Comunitaria de la Facultad de Psicología de la UNC, habla sobre el impacto social de la crisis. “En los barrios hay tristeza, un aumento del consumo de drogas, intentos de suicidio y mucha violencia material y simbólica por el agravamiento de la realidad económica y social”. Además, advierte de los riesgos que implica la deshumanización del otro producto de la desigualdad y remarca que los “cuerpos están cansados” porque la situación “es muy grave”.

 Miércoles, 12-septiembre-2018


Por Camilo Ratti

El deterioro sin pausa de la calidad de vida de la inmensa mayoría de argentinos duele. Es imposible de ocultar, por más blindaje mediático que busca esconderlo debajo de cuadernos y operaciones de todo pelaje. Se palpa en la calle, en los negocios, en las fábricas, en las escuelas, en los hospitales. Y ahora también puertas adentro de los hogares, en la vecindad y espacios comunitarios.

El propio gobierno nacional ha reconocido que el combo ajuste-devaluación-inflación generará más pobreza. Y aunque machaque con que la malaria generalizada es condición necesaria para un paraíso que nunca llega, ese discurso se va deshilachando en una sociedad que solo conoce y sufre pérdidas de puestos de trabajo, bolsillos que no llegan a fin de mes, medicamentos insuficientes y rebusques de todos los colores para llevar un plato de comida a la mesa familiar.

La pérdida de derechos es política de Estado del macrismo y está pegando duro en los barrios. “Tenemos las instituciones estalladas y hay que pensar de nuevo con quién resolver lo cotidiano, porque la escuela está mal, los centros de salud están mal, los hospitales están mal, todo está achicado. Hay un agravamiento, una potenciación y complicación en el modo de vida de los territorios, y no solo de los territorios”, advierte a este portal Silvia Plaza, docente e investigadora de la cátedra de Intervención Comunitaria de la Facultad de Psicología de la UNC.

“Lo que está claro y se reconoce es que por un tiempo la gente pobre no tuvo que pensar todos los días de la comida, y hoy hay que pensar todos los días en la comida”.

Silvia Plaza, docente e investigadora de la cátedra de Intervención Comunitaria de la Facultad de Psicología-UNC.

Con muchísima experiencia en lo territorial, cuenta que también las redes comunitarias, las redes de parentesco están afectadas porque la situación económica y social atraviesa fuertemente todos los espacios. “Lo que está pasando está ligado a la desigualdad, a la injusticia”, asegura.

ollas populares

Las estrategias de supervivencia de los pobres pasan por la organización y la solidaridad para sortear la crisis.

De mal en peor

“Para sobrellevar la crisis, que es muy profunda, hay que activar nuestra sensibilidad”, sostiene la investigadora, que comparte un breve recorrido histórico: “No nos puede sorprender que haya hambre, que la salud esté precarizada desde hace muchos años, en todo caso lo que pasó a partir de diciembre del 2015 es un agravamiento de la situación. Si eso está activando estrategias de sobrevivencia, no lo puedo afirmar, ahora, sí creo que lo que aprendimos en el 2001 va a servir o debería servir en esta coyuntura”.

Lo dice quien trajina los barrios y labura lo comunitario desde la teoría y la práctica. “Si algo está claro y se reconoce es que por un tiempo la gente pobre no tuvo que pensar todos los días de la comida, y hoy hay que pensar todos los días en la comida”.

Por eso, si el ajuste que venimos arrastrando desde el 2016 devoró toda economía doméstica, el que se busca aprobar en el Presupuesto del 2019 calará hasta los huesos de los más vulnerables. “El aparato social que existía en políticas públicas y programas sociales ha caído. En educación, en salud, en empleo, en apoyos para seguir en la escuelas. Un pibe que no se alimenta bien no va a poder desarrollarse”.

plaza en la universidad.

Silvia Plaza en uno de los talleres organizados desde su cátedra en la UNC.

Violencia material y simbólica

“Las personas necesitamos ser queridas, que nos traten con ternura, jugar, emocionarnos. Esa vida sentimental está afectada. La violencia simbólica es muy delicada y se va acumulando y lo que estaba encapsulado en algún momento se expresa en el próximo”, asegura Plaza, porque según ella “lo comunitario y lo colectivo, que sostiene, que abraza, también está afectado”.

Cuando el mango no alcanza ni para lo básico, se potencian todos los tipos de violencias, así, en plural. Y una de las mayores violencias es que la gente se desnutra y muera por hambre. “Es la violencia fundamental de una sociedad, pero también está la violencia institucional de los hospitales, todos están con un malestar altísimo y eso afecta lo relacional. Nos agarramos con el que tenemos a mano, con el compañero, el vecino. Hay mucha insensibilidad”, afirma Plaza.

Potenciada por discursos mediáticos fuertemente estigmatizantes, la psicóloga pone el foco en el costado más peligroso de un sistema que se construye sobre la desigualdad: “Como no nos podemos encontrar en el otro, queremos sacarle el atributo humano para insultarlo, para discriminarlo. Estamos distinguiendo clases de seres humanos”.

“No hay un solo espacio que no haya sido afectado, y eso recae en la familia. Ahí está la función del Estado, que se mide según el nivel de cuidado de su gente”.

Silvia Plaza, docente e investigadora de la cátedra de Intervención Comunitaria de la Facultad de Psicología-UNC.

Los pibes al último

Los niños y jóvenes pobres son los principales destinatarios de la violencia institucional. Pero según la especialista, recién cuando la política pisa el barrio, entienden que es muy complicado vivir en la carencia absoluta. “No es un invento que no hay medicamentos, que hace falta el abrigo o que los pibes no pueden salir del barrio porque terminan en cana”.

Cuando el estómago aprieta y ni los padres tienen laburo, el narcomenudeo aparece como una opción de supervivencia económica. “Quienes estamos sentados en otro lado nos damos el lujo de criticar eso, pero cuáles son las opciones si todas las instituciones están estalladas”, se pregunta.

La violencia en la familia, el territorio y la vecindad es una olla a presión. “La bronca se acumula en los músculos, pero eso en un momento se va a expresar y vamos a pasar del enojo a la ira”.

marcha de la gorra en cordoba.

Los niños y jóvenes de los sectores populares son las que más sufren la violencia institucional.

Estafados

La mayor sorpresa del triunfo de Cambiemos en 2015 fue el acompañamiento que recibió en las urnas de sectores populares, históricamente reacios a votar por la derecha. A casi tres años de aquella bomba política, lo que hoy prima es el desengaño por la estafa electoral de un gobierno que ha confirmado que llegó para beneficiar a los más ricos. Es decir, a ellos mismos.

“Es duro aceptar que uno fue engañado, porque te quedas sin nada. La ilusión a la que se apostó no está más, por lo menos en los barrios. Y los que todavía lo sostienen es porque no pueden permitir quedarse sin el engaño. Siguen construyendo una ilusión que permita una esperanza engañosa, pero le permite algo”, asegura Plaza.

“Hay que estar atentos para volver a reconocernos como semejantes y generar espacios para que los cuerpos se junten, no está todo perdido mientras estemos vivos”.

Silvia Plaza, docente e investigadora de la cátedra de Intervención Comunitaria de la Facultad de Psicología-UNC.

Sin embargo, lo que atraviesa a la mayoría de esas barriadas es “tristeza, consumo de drogas e intentos de suicidios, todo lo que tiene que ver en el campo de la violencia. Lo que hay que preguntarnos es qué hacen las personas frente a sostenidos engaños, ante propuestas que no los incluyen”.

Crítica de políticos que “no están imbuidos en la situación de la gente y mucho menos a la altura del dolor social y las consecuencias que eso tiene”, Plaza advierte que esa indiferencia “no se resuelve con el discurso. No somos conscientes de las consecuencias”.

Aunque cuesta avizorar la luz al final del túnel, la entrevistada entiende que la resistencia a este proyecto económico y cultural deshumanizante, pasa por reconstruir el tejido social: “Hay que estar atentos para volver a reconocernos como semejantes y generar espacios para que los cuerpos se junten, no está todo perdido mientras estemos vivos”.