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Cristian Maldonado

 

columnista alreves.net.ar

Igual que Truman

Desde hace ya algunas semanas, me viene a la cabeza muy seguido la escena final de la película The Truman Show. Esos últimos seis minutos en los que Truman, martirizado por sus dudas, sube al velero y se va. Se va porque las sospechas lo carcomen, porque no puede más. Duda, desconfía, se desespera por averiguar qué carajo hay detrás. Es un momento muy liberador, para él, para quienes lo siguen en la tele dentro de la película y también para quienes miramos desde afuera. El velero avanza lento mientras suena de fondo el piano melancólico de Philip Glass y Truman, que apenas sonríe, procura disfrutar de ese instante de libertad ofreciendo su rostro a un sol que no es real. La escena navega durante unos segundos hacia una especie de relax infinito, sin olas, sin viento casi, sin nadie a la vista, con el pianito encantador aflojando las tensiones y un horizonte impertérrito, hasta que de pronto el velero se incrusta en una nube, le hace un hueco y entonces encalla en el perímetro de esa gigantesca escenografía.

Truman se acerca, mira absorto y, después de unos segundos, toca. Apoya despacio su mano en, digamos, el cielo, las nubes, lo que hasta hace un instante era el horizonte impertérrito. Cierra los ojos, trata de entender, mira hacia arriba y ahí estalla y empieza a darle golpes a ese enorme muro celeste.  El desconsuelo lo puede y se derrumba por un momento pero luego se arremanga y empieza a buscar la salida. Camina por el horizonte, entre el agua y el cielo, hasta que da con una escalera que termina en una puerta. Cuando Truman empuja la puerta, Ed Harris, Christof, el director del reality, le habla desde el infinito: “Soy el director del programa de televisión que llena de esperanza y de felicidad a millones de personas”. “¿Quién soy yo?”, le pregunta Truman. “El protagonista”, le hacen saber. El diálogo es memorable. Truman quiere confirmar que nada era real y Christof apela a su último argumento para que no cruce la puerta: “Ahí afuera no hay más verdad que en el mundo que yo creé para vos”. El director manotea algunas emociones, tira un par de golpes bajos, le pide que no se vaya y hasta le ruega que conteste algo porque lo está viendo todo el mundo por televisión. Truman saluda por adelantado y se pira. Chau.

En estos días se me aparece la escena a cada rato. Creo que es de alguna manera una metáfora de lo que nos pasa. Siento que cada vez hay más personas en una situación parecida a la de Truman. O igual. Que acaban de subirse al velero, o que se estrellaron contra un horizonte de ficción, o que le están dando puñetazos a la pared, o que se agarran la cabeza porque no lo pueden creer, o que directamente están a punto de decir chau antes de cruzar la puerta. Personas que por distintas razones apoyaron con su voto y su esperanza a la Alianza Cambiemos. Y se entusiasmaron, y creyeron en las promesas, y compraron la posverdad macrista, y vivieron todo este tiempo con ilusión esperando a lo Penélope el segundo semestre. Y hasta acá llegó el amor. Se les vino la película de los últimos tres años encima. Otra vez sin salir de vacaciones, otra vez tarifazos, otra vez la inflación por las nubes de verdad, otra vez no alcanza, otra vez el FMI, otra vez la deuda, otra vez los despidos, otra vez la heladera “medio llena”. Personas que a esta altura ya no tienen dudas respecto de la crisis, de que está todo mal, no, eso lo sabe cualquiera. Lo que los carcome, igual que a Truman, es la duda sobre el verso en el que vivieron. Y que en este caso pagaron carísimo de su propio bolsillo. Votaron por la revolución de la alegría cantando el “sí se puede, sí se puede”, y ahora le tienen que decir a sus hijos todos los días “no se puede, no se puede”.

Es la misma cara de asombro, bronca y ganas de tomarse el palo de Jim Carrey. Igual. El mismo deseo de salir de esa ficción en la que fueron usadas y usados. La misma sensación de tener la duda clavada en lo más profundo de las vísceras y apretar el puño. Tal vez sea sólo una impresión mía y aún a pesar de todo, como explica Duran Barba, el reality show venció a la realidad. No por nada es su película favorita. Quién sabe. Decía Bertolt Brech que la más hermosa de todas las dudas es cuando los débiles y desalentados levantan su cabeza y dejan de creer en la fuerza de sus opresores.