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“La política no puede ser una profesión, es una pasión: la tenés o no la tenés”

Desde su chacra en las afueras de Montevideo, Pepe Mujica habló con Nada del Otro Mundo y reflexionó sobre la situación social que impone la pandemia, del cansancio que percibe en las personas y de las nuevas necesidades y prioridades que plantea a los estados nacionales.

 Viernes, 26-junio-2020

Pepe Mujica no tiene miedo que el distanciamiento social implique el final de los abrazos, "porque los necesitamos como el pan".


Una conversación con Pepe Mujica sobre las circunstancias sociales, económicas, sanitarias y políticas que instauró la pandemia de coronavirus puede ser el territorio más propicio para refundar convicciones. El ex presidente uruguayo, recluido en su chacra en las afueras de Montevideo, habló con Nada del Otro Mundo de sus impresiones en medio de la cuarentena y analizó el panorama que se plantea para individuos, sociedades y estados a partir de una crisis que todavía no muestra señales de culminación.

“A mí no me trata mal porque vivo en una chacra grande, en las afueras de Montevideo, y no tengo esa reclusión que tiene la gente en los departmentos en una ciudad apretada. Lo he llevado. Pero hay un cansancio evidente en mucha gente en la ciudad, porque al principio había una contención importante de la gente, pero ahora está con un espíritu de querer largar la chancleta, por aburrimiento”, dice.

La dificultad mayor, apunta, está en la necesidad fundamental del encuentro con los otros. “La comunicación es parte de la vida, los humanos somos animales gregarios, sociales. Robinson Crusoe es una buena novela, pero no funciona. Una característica del hombre es moverse en grupo siempre. Es muy difícil renunciar a instintos ancestrales, y por eso la gente está mal. Además están las dificultades económicas, gente que vive al día y de pronto se quedó sin nada y está sufriendo enormemente”.

De los paisajes sociales nuevos que aparecen en medio de la pandemia, el Pepe encuentra la contradicción entre la solidaridad y el egoísmo, dos caras de una mismo rostro humano que antes que sorprenderlo, lo cautiva. “En la gente hay un instinto por un lado de solidaridad, pero la formación cultural de un sistema no es una manera solo de producir un sistema de propiedad, un sistema termina generando una cultura subliminal, que está dentro de nosotros y nos condiciona. Es un conjunto de reacciones y de conductas que no se piensan, que son casi espontáneas, y es consecuencia de lo que ha ido amasando la cultura que necesita imperiosamente que seamos permanentes compradores, demandadores, porque ello activa la movilidad comercial y con eso la realización que necesita el capital para multiplicarse. Estamos metidos adentro de esa rosca”.

“Desde el punto de vista de defender la vida, cuando uno ve la masa de cosas inútiles, de trastos viejos que amontonamos. Tenemos que trabajar para pagarlos, y ese trabajo es tiempo de nuestra vida que entregamos. A veces son trabajos que nos repugnan pero los tenemos que hacer porque estamos acorralados por necesidades de carácter económico. Así como en la Edad Media educaban a la gente en que la vida era muy dura y había que portarse bien para ir al paraíso porque el negocio estaba en la otra vida, y funcionó. Nuestra cultura real es llevarnos a confundir ser con tener, entonces vivimos permanentemente impulsados a comprar, en una concepción industrial de que las cosas deben ser suplantadas constantemente y la pobre gente vive pagando cuotas, en la rosca dale y dale. En esa ansiedad está metida y yo le desconfío mucho. Para generar un cambio cultural tal vez necesitamos sufrir bastante”.

De esa rosca del consumo y la demanda, la constitución de los estados y sus lógicas también tienen bastante. “No creo que en España y en Italia estén las cosas resueltas, pero no pueden renunciar al capítulo del turismo y entonces se la están jugando, pero no tienen el virus superado, pero tampoco sostienen el vacío que les permite una actividad que es el 10 o 12 puntos del PBI. No solo los pobres necesitan, los ricos terminan gastando mucho más”.

Sin mapas ni reglas claras, la manera que encontraron los gobiernos para hacer frente a la pandemia va revelando aciertos y fracasos que, en los casos más trágicos, se pagan con vidas. “Pienso que hemos hecho bastante de aprendiz de brujo porque no sabíamos. Este es un virus global, viajó en avión pero ahora anda en colectivo en los barrios pobres. Cada estado la enfrentó como le pareció, y en primer término la gente tuvo que acudir al Estado, que está muy denigrado y venido a menos en muchos lugares y por eso mismo con gran debilidad en los sistemas de salud pública”; dice y agrega que la presencia del estado será clave de ahora en adelante para garantizar el acceso al sistema de salud. “No comprendemos que en materia de salud pública hay que actuar como con el cuerpo de bomberos, que de repente está tres meses sin salir del cuartel, pero nadie sabe cuándo va a saltar un incendio. Hay que tenerlo por las dudas. Esas cosas las tienen que hacer los gobiernos, porque el mercado no puede tener un sistema de salud sobredimensionado por las dudas”, afirma y agrega que “no se le puede pedir al sector privado, que tiene que hacer las cosas para que sean medianamente rentables, que haga inversiones que no son útiles en lo inmediato. Eso ha pasado en América Latina, en países que no están débiles económicamente pero sí sanitariamente porque no es posible improvisar de la noche a la mañana un aparato para enfrentar este monstruo, hay que aprender esta lección”.

En ese paradigma de un estado protector, la carrera política aparece como una práctica que, para Mujica, precisa un compromiso superior. “La política suele caer en el camino de la miseria, es una actividad inevitable del ser humano por su carácter social. El hombre necesita de la política porque vive en sociedad, y si bien tiene sus egoísmos personales, porque toda cosa viva lucha por vivir, también tiene necesidad de sociedad. No podemos vivir sin sociedad. Quién nos hace la ropa, nos levanta la casa, nos arregla el corazón, tenemos una interdependencia increíble. La sociedad es un valor, eso que llamamos civilización, es la solidaridad intergeneracional, pero la política se enferma porque vivimos en una sociedad de mercado. Hay gente que se mete en política para solucionar su situación económica y ahí empezó el desastre. La política no puede ser una profesión, es una pasión, la tenés o no la tenés”.

“Necesitamos como el pan la comunicación, el abrazo, porque los seres humanos no nos comunicamos solamente por el lenguaje, están los olores, los gestos, la piel, el lenguaje más allá de los contenidos, en sus formas. Por ese lado no temo, lo que más le temo es a la brutal concentración de la riqueza que se está procesando y la distancia que hay con la gente común. Es una plutocracia mundial que no tiene frontera. Esa economía globalizada tiene como estandarte a núcleos de capital que son impensables, inimaginables, ahí está el problema, y con el advenimiento de la civilización digital vendrán luchas nuevas. ¿Los robots tendrán que pagar seguridad social o no? ¿Habrá que acortar la jornada de trabajo, con el aumento de productividad que significará la inteligencia artificial? La política no se termina nunca”.

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