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Cristian Maldonado

 

columnista alreves.net.ar

Las increíbles metáforas de la Casa Blanca

 

Les quiero contar algo increíble que pasó ayer pero que empezó hace más 200 años. Una metáfora verdaderamente descomunal, un instante de duda para los agnósticos, una cita inmejorable para alquilar por un rato los balcones del mundo entero. La escena arranca con un inmenso camión blanco que estaciona en la vereda y una decena de trabajadores que se acerca. La vereda es muy famosa, los trabajadores no. El camión trae en su lomo un sinfín de vallas negras. Los trabajadores bajan con su lomo ese sinfín de vallas negras. Son vallas cuadradas, de unos tres metros, vestidas con un grueso tejido metálico. Cualquiera que mire con atención la imagen podría decir: tu vereda me suena. Y lo que se ve detrás, ni hablar. Lo vimos un millón de veces. Avenida Pensilvania al 1600. En ese lugar se tomaron muchas de las decisiones más importantes del mundo durante los últimos 200 años. Y ahora, un inmenso camión blanco trae en su lomo el sinfín de vallas negras con las que los obreros levantarán una muralla alrededor de La Casa Blanca, para protegerla de la furia negra.

Mientras los obreros de chaleco naranja le meten pata al laburo para agrandar el perímetro de seguridad con ese muro, Donald Trump sigue con atención los acontecimientos que lo tienen prácticamente encerrado en el Despacho Oval desde el lunes pasado. Las protestas del fin de semana, que llegaron hasta la mismísima puerta de la Casa Blanca, lo forzaron a internarse incluso durante algunas horas en el súper búnker subterráneo. Ese búnker no veía la cara de un presidente desde hace casi 20 años, cuando alojó a la familia de Bush hijo tras los ataques del 11-S. Fiel a su estilo, Trump minimizó el episodio y dijo que solo fue un toque a hacer una “inspección”. Más allá de sus confesas tareas como inspector de sótanos, lo cierto es que parte de esta gran metáfora se compone con Donald Trump en su despacho corriendo la cortina para espiar por la ventana, a lo Frank Underwood, si ya está listo el muro, no en la frontera con México, sino en la vereda de la Casa Blanca. El sueño del muro propio no es precisamente lo que Donald esperaba.

La otra parte de esta metáfora ocurrió hace más de 200 años y de alguna manera nos permite también entender cuál es la génesis de esta furia histórica que tiene incendiadas las calles de EE. UU. A mediados de octubre de 1792, George Washington, primer presidente de ese país, eligió el terreno al norte de la ciudad, imaginó la mansión y contrató al arquitecto irlandés James Hoban. Ellos la pensaron, la diseñaron y dieron las órdenes, pero a la Casa Blanca la construyeron los brazos de los esclavos negros. Los esclavos negros que llegaron encadenados a través del océano, arrancados de África, separados de sus familias en lugares como la Casa de los Esclavos de la Isla de Gorée. Esclavos y también obreros inmigrantes, por mucho que a Trump le pese.

Así como lo leen, uno de los mayores símbolos de la supuesta democracia mundial fue levantado por esclavos que el gobierno alquilaba a sus dueños. Y los traían de los estados en los que todavía la esclavitud era legal. Según revelan algunos documentos de la época, un albañil llamado Collen Williamson entrenó a esos esclavos en una cantera del gobierno localizada en Virginia. Ellos picaron la piedra, cavaron los cimientos y levantaron las paredes durante más de 8 años. La fachada, las columnas y hasta las escalinatas de la Casa Blanca fueron hechas por las manos de los esclavos negros, cuyos tataratataranietos están ahora mismo en la puerta de esa Casa Blanca, contra el muro de Trump, haciendo sentir su furia de siglos.

Hace algunos años, en medio de una Convención Nacional Demócrata, Michelle Obama confesó: “Me despierto cada mañana en una casa que fue construida por esclavos. Y veo a mis hijas, dos jóvenes negras, inteligentes y hermosas, jugando con sus perros en los jardines de la Casa Blanca”.

Y no solo la Casa Blanca fue levantada por esclavos, también el Capitolio, montones de universidades y muchos edificios emblemáticos de la tan mentada democracia de Estados Unidos.

Casi 100 años después, se llevó a cabo la inauguración de la Estatua de la libertad, que había sido un obsequio de Francia. El 28 de octubre de 1886 estaba ahí, al pie de la estatua, el presidente de Grover Cleveland junto a 600 invitados disfrutando de la ceremonia. Ese día, para festejar la inauguración de la Estatua de la libertad, no invitaron a negros ni negras. En Estados Unidos, para muchos, la libertad no es otra cosa que una estatua.

Todas estas historias fueron ocurriendo durante dos siglos, mucho antes de que el inmenso camión blanco llegara a la avenida Pensilvania al 1600, cargado con un sinfín de vallas negras que los obreros usaron para levantar el muro alrededor de La Casa Blanca, para protegerla de la furia que desató el asesinato de lo que acá muchos llamarían “un negro de mierda”.