Graciela Pedraza

 

columnista alreves.net.ar

México. La deuda histórica

Tlatelolco, Ciudad de México. Plaza de las Tres Culturas.

Apenas se pone un pie en el amplio pasillo de acceso al Memorial 68 (1), te envuelven las voces. Desorientan al principio las palabras superpuestas, los fragmentos de conversaciones, los sonidos, hasta que los relatos que brotan de numerosas pantallas de videos se ordenan y recuerdan aquella tarde trágica del 2 de octubre de 1968. Hablan las memorias. Cómo fue que los cercaron. Qué reclamaban los estudiantes. Qué forma tomó la sangre del compañero caído cuando enrojeció la calle. Escuchan aún –dicen- el sonido de los disparos que creyeron iban hacia el cielo, y no sobre los cuerpos, y los gritos de dolor y horror que pronto los aplastaron.

Lo que narran esas mujeres, esos hombres, es tan conmovedor… sacude y reactualiza el drama. Además las fotos atestiguan, son inmensas, con rostros que desde aquel día ya no están, más otros que sobrevivieron a cárceles y exilios. La tarde que dijimos, el ejército mexicano, la policía y el grupo parapolicial Brigada Blanca (2), encerraron en la Plaza de las Tres Culturas de la capital mexicana, a unos diez mil estudiantes. La masiva manifestación protestaba contra la política ultra liberal del presidente Gustavo Díaz Ordaz y la ocupación por el ejército de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Los enfrentamientos venían desde hacía tiempo, pero ese mes México debía inaugurar los Juegos Olímpicos, y el poder estaba dispuesto a aplastar cualquier reclamo que llamara la atención del mundo entero.

De manera que la masacre se concretó apenas un helicóptero lanzó bengalas rojas y verdes. Era la señal para ametrallar desde jeeps y tanques ligeros, y desde los edificios donde se habían apostado decenas de francotiradores. Según la Comisión de la Verdad, la cifra de muertos superó los trescientos, hubo setecientos heridos y cinco mil estudiantes detenidos. “Sabían dónde atacar, hicieron lo que sabían hacer”, dice uno de los documentos del Archivo de Seguridad Nacional de los EEUU, que cifra el número de muertos en 350.

Época de ribetes revolucionarios en el mundo entero, la lucha estudiantil mexicana se inscribió en ese marco.

Pero ¿arranca recién ahí la historia violenta? ¿Acaso no vino Hernán Cortés a destripar lo que fuese, con tal de subir a los barcos todo el oro y la plata que el imperio español demandaba? Las grandes ciudades mexicas de aquellos años, Tenochtitlan y Tlatelolco, fueron escenarios de terribles matanzas por parte de los conquistadores. Sólo en un día, el 13 de agosto de 1521, durante la destrucción de Tlatelolco, fueron asesinados miles y miles de indígenas (3). Sin contar lo que vino después, aniquilamiento de la cultura americana y sometimiento a normas extrañas, incluida la lengua castellana, ante lo cual hubo tanta incesante resistencia, como negación histórica de ella.

La memoria, sin embargo, es testaruda. Pasa de generación en generación a través de relatos orales, danzas, cantos, ceremonias secretas y las ruinas de antiguas ciudades y templos en cuyas paredes se narran acontecimientos anteriores al desembarco funesto. La memoria es resistente y adquiere diversas formas de lucha ante la dominación de siglos, que significó hambrunas, pobreza y muerte para gran parte de la población.

En 1910, una coalición de fuerzas con predominio de masas campesinas y obreras, famélicas y despojadas, a las que se sumaban facciones políticas que enarbolaban banderas de democracia y justicia social, inicia un proceso en armas para destronar al dictador. Porfirio Díaz había puesto su cuerpo en el sillón presidencial en 1876 y recién lo levantaría en 1911, rumbo al exilio. Destronarlo fue el primer –pero no el único- objetivo de la revolución (4), aunque a la vuelta de los meses y los años, los que habían combatido del mismo lado para cambiar el país, empezaron a desconocerse, de manera que los muertos se fueron amontonando hasta sobrepasar el millón, en 1917. Ese año finalmente se aprueba la Constitución, pionera en recoger las demandas de campesinos y obreros y plasmarlas en derechos sociales y laborales (reforma agraria, salud y educación a cargo del Estado, libertad de prensa…). Sin embargo, con el correr de los años, ha quedado en evidencia que las palabras escritas no se plasman necesariamente en la realidad.

La revolución mexicana tuvo entre sus principales figuras a Francisco Madero, Emiliano Zapata, Pancho Villa, Álvaro Obregón, Pascual Orozco y Venustiano Carranza, todos asesinados entre 1913 y 1928. Pero mientras ellos tienen vida en la memoria de los mexicanos, recién en los últimos años las Adelitas han salido del ostracismo histórico, porque las bravas soldaderas no solo marcharon con sus compañeros, no solo prepararon las comidas o compartieron el jergón, sino que empuñaban armas o cumplían misiones de espionaje y hasta diplomáticas. Sufrieron un montón, machismo revolucionario mediante.

Adela Velarde Pérez, Beatriz Ortega, Carmen Parra, Hermila Galindo, Ángela Jiménez, María Arias Bernal, Amelia Robles y Petra Herrera, que formó un ejército de más de mil mujeres, son nombres extraordinarios. Un mito anónimo. “Las mujeres como sujeto no se han representado a sí mismas, y al carecer de dicha posibilidad, se han construido al margen de la historia”, escribe Octavio Paz.

Tan lejos de Dios…

México es un país complejo, como cualquiera de los otros que comparten el extenso territorio latinoamericano, desde el río Bravo al sur. Pero lo cierto es que tantos siglos y tantas muertes no han cambiado a México en lo sustancial: las últimas mediciones indican que de los 130 millones de habitantes, 53.400.000 son pobres, es decir, el 43.6% de la población. A ellos hay que sumar a 9.400.000 mexicanos que viven en la indigencia (5). Los vemos en las calles, envueltos en harapos, durmiendo en umbrales, mendigando, sin rumbo fijo, la última estación humana. Del 2010 al 2018, las políticas neoliberales sumaron 3.9 millones de pobres, y lo más terrible de este escenario es que el 78% de la población indígena está en esa situación. En Chiapas, por ejemplo, 8 de cada diez personas son pobres, es el estado con peor índice; no es de extrañar por lo tanto que a 25 años de su aparición, el Ejército Zapatista siga fuerte en sus verdes y brumosas montañas. Como siguen vigentes los paramilitares al amparo de políticos y del ejército.

Silvia López Santis es una de las cooperativistas de la etnia tzotzil. Está sentada debajo de una carpa blanca, en el patio de la Casa de la Cultura de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Está allí con su mesita, promoviendo el Café To, el que cultivan a 1.400 metros en los Altos de Chiapas. De voz suave y rasgos indígenas inconfundibles, Silvia no tiene hijos y vive cada día con angustia. Empieza a contar de a poco, de la casa en Tabak, del clima, sobre la producción en conjunto… recién al día siguiente hablará del desplazamiento que sufren de manera permanente desde el 2015. “Ahora estamos en Aldama, somos muchas familias que dejamos nuestras tierras, 2.036 personas. Es provisorio el lugar que nos dan, pero tiene pared así como… que no pasan las balas. Porque nuestras casas son de madera, y eso no las ataja. Los paramilitares… y sí, los terratenientes los mandan, los políticos… y disparan. Han herido a un niño y a una mujer que iba a trabajar y mataron un jefe de comunidad. ¿La policía?… se fueron del puesto porque también a ellos les daban balas”.

Le pregunto si su casa está cerca de Acteal, Silvia dice “ahicito. La gente estaba rezando y vinieron y los mataron”. El 22 de diciembre de 1997, siendo presidente Ernesto Zedillo, un grupo paramilitar llamado máscara roja, amparado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el ejército, entró a sangre y fuego en la capilla de la aldea, en zona zapatista. Murieron 15 niños, 21 mujeres y siete hombres. A las embarazadas les abrieron el vientre con machetes (6).
El gobierno de aquel momento adjudicó el crimen a una disputa por tierras, que existen, porque también hay algunos indígenas ricos aunque la mayoría sea pobre. Pero lo que dicen las investigaciones serias es que se trató de un plan desde el Estado para meter miedo, desarticular las bases sociales de las comunidades y quebrar el predominio del EZLN, que sigue vigente.

La masacre continúa impune. Y a ella se suman tantísimas más.

… y tan cerca de los EEUU

Andrés Manuel López Obrador, AMLO, como lo llaman todos, ganó las últimas elecciones del 2018 con una coalición integrada por su partido Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), el Partido del Trabajo y Encuentro Social. El 53.2 % de los votos le garantiza mayoría en ambas cámaras a esta izquierda mexicana, que llega al poder después de 70 años de gobiernos del PRI, hoy escuálida y bochornosa imagen del partido que en sus orígenes fue.

Cada mañana a las 6, el presidente se reúne con su gabinete y a partir de las 7, de lunes a viernes, ofrece una conferencia de prensa de hora u hora y media de duración. Un centenar de periodistas (incluida la prensa “fifí”, como llama AMLO a la derecha) concurre a la cita con agenda abierta, inquiere sobre los más variados temas y ¡hay preguntas urticantes!

AMLO tiene un modo mesurado de contestar y maneja los tiempos y las respuestas con espontaneidad y sin apuro. Es carismático. En general tiene fundamentos para todo, pero también suele escaparse por la tangente con habilidad. Si un tema está fuera de su alcance, convoca al responsable del área para dar las explicaciones del caso.

No confronta. Explica. Da razones una y otra vez. Parece un señor del común con conocimientos y una sonrisa simpática, que a veces se congestiona cuando le plantean casos como el de los desplazados, los “para” o le cuestionan la flamante Guardia Nacional, aún en pañales. Otros proyectos en disputa son el Tren Maya y la termoeléctrica de Morelos. Los que se oponen al primero afirman que afectará la selva y el ecosistema de la península de Yucatán, al atravesar áreas de comunidades indígenas, además de otras, santuarios de jaguares. Pero AMLO se ha empecinado en esta obra que estará lista en cuatro años, a un costo de 8.000 millones de dólares.

La termoeléctrica, concluida en 2017 pero aún sin funcionar, es cuestionada por expertos y pobladores ya que se encuentra en zona sísmica y cerca del volcán Popocatépetl, y de requerir ingentes cantidades de agua en una región que sufre precisamente por la falta de ella. El enfrentamiento con el gobierno central se agudizó en febrero a raíz del asesinato de Samir Flores, activista opositor a la termoeléctrica, lo que despertó puebladas en Morelos.

Tal vez para matizar, el presidente anuncia que no avalará semillas transgénicas ni el fracking y el 18 de marzo declara “abolido el sistema neoliberal y su política de pillaje, antipopular y entreguista”. Suena antojadizo, pero qué lindo sería.

López Obrador tiene algunas palabras que repite a diario: lucha contra la corrupción y plan de austeridad republicana. Apenas arrancó su gestión tuvo gestos que algunos calificaron de demagógicos, como vender más de 200 vehículos oficiales (autos blindados, camionetas, remolques, motocicletas) que estaban al servicio de funcionarios, y hasta el mismo avión presidencial. Medidas que levantaron revuelo fueron la quita de pensiones millonarias que recibían cinco ex presidentes, y la rebaja de sueldos altos, incluido el suyo. Por ley (una ley suspendida luego por la Corte Suprema), ningún funcionario público puede ganar más que el presidente (U$S 5.700), de manera que quienes ganaban más de diez mil dólares (directivos de Pemex y altos jerarcas públicos), corrieron a refugiarse en la ¿justicia?

Otra promesa de campaña fue terminar con el huachicoleo, el robo y venta de combustible que se profundizó en los últimos años, cuando el presidente Enrique Peña Nieto liberó el precio del combustible. Pinchar los ductos, cargar el combustible en camiones, enterrar tanques inmensos de almacenaje pasó a ser una actividad compartida por un sector que vendía y otra parte de la sociedad que compraba. En noviembre del 2018 se calculaba que ese saqueo le representaba al Estado una pérdida de 3.000 millones de dólares al año.

Apenas asumió AMLO se cerraron cuatro ductos para evitar los robos, lo cual significó interrumpir el suministro a decenas de ciudades por algunos días. Con presencia del ejército y de la policía (cuerpo harto comprometido en el saqueo), en los primeros veinte días de gobierno el huachicoleo se redujo un 77%.

El tema viene ligado también a Pemex, otro caballo de batalla del presidente. Por el abandono de la empresa estatal en períodos de neoliberalismo, México importa hoy 600 mil barriles diarios de combustible. La proeza que llevarán a cabo, asegura el presidente, será levantarla.

Otro punto espinoso es el de los migrantes que en su mayoría proceden de Guatemala, Honduras y El Salvador. Son caravanas de a pie. Miles y miles huyen de la pobreza, la violencia y las persecuciones y marchan juntos para protegerse. Ingresan periódicamente tras el sueño de alcanzar la frontera norte y pedir asilo en EEUU. La primera caravana llegó a Ciudad de México en noviembre último: 4.500 personas. Las crónicas de estas multitudes con sus hijos a cuesta, que llegan a los campamentos con hambre, muchos enfermos, desesperados, estrujan el corazón.

Solo en Tapachula, cerca de la frontera con Guatemala, en carpas previstas para 800 personas, están alojadas 1.700, lo cual ha derivado en la suspensión de visas para atravesar el territorio. Se trata de un problema inmenso para un gobierno de izquierda que debe lidiar con el imperio del norte, los reclamos de su propia gente por el aumento de los delitos, y los narcos que no tienen empacho en secuestrar a los migrantes y obligarlos a trabajar en sus filas.

México tiene una más que interesante oportunidad política para variar el rumbo y beneficiar a los desamparados de siempre, aunque el entorno latinoamericano poco le favorezca. Si exceptuamos a Cuba, Venezuela, Bolivia y Uruguay, el resto de los países imitan al avestruz. Pareciera que compiten en ver quién entierra más hondo la cabeza.

Notas:

1) El Memorial del 68 se ubica en la Torre de Tlatelolco, que pertenecía a la Secretaría de Relaciones Exteriores y fue cedida a la UNAM en el 2004, cuando Andrés Manuel López Obrador era alcalde de la ciudad.
2) El grupo Brigada Blanca se componía de policías de civil, infiltrados entre los estudiantes. Se identificaban entre ellos con un guante blanco en la mano izquierda.
3) “Ese día fue tan sangriento, que era imposible caminar por la cantidad de cadáveres apilados”. Bernal Díaz del Castillo, conquistador y cronista de esos años.
4) Francisco Madero lanzó el Plan de San Luis el 5 de octubre de 1910: “El 20 de noviembre, desde las 6 de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente nos gobiernan”.
5) Cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social.
6) “El dolor de Acteal: una revisión histórica”. Editorial Eón. Investigación de la politóloga Mónica Uribe.