César Baena

 

columnista alreves.net.ar

No esperar hasta el final del partido

Se sabe que en el “antiguo régimen” europeo (antes de la Revolución Francesa), el despotismo ilustrado era algo así como una combinación entre la monarquía (el gobierno del Rey y, en todo caso, de su corte) con las ideas de la Ilustración (la razón al servicio de la libertad y alguna forma de bienestar del pueblo). “Todo para el pueblo pero sin el pueblo” es la frase canónica que resume este estilo de gobierno.

Pasaron desde entonces un puñado de revoluciones. Y aunque no ocurrió en todos los casos, esa entidad denominada “pueblo” −la que generalmente se identifica con la porción más vasta de los habitantes− se ubicó como protagonista en la historia contemporánea de los cambios políticos. Ese proceso, con avances y retrocesos, logró consolidar en la teoría y en el discurso políticos la idea básica de que el ciudadano es, en definitiva, el dueño de su libertad y, por lo tanto, goza de un derecho a participar que solamente un régimen de gobierno democrático puede asegurar. Entrados al siglo veinte, este derecho inalienable del ciudadano se afianzó en el sufragio universal. Los partidos y sus dirigentes, como representantes de la voluntad popular, pasaron así a tener un lugar central en términos institucionales, muchas veces excesivo y, por supuesto, no exento de tensiones.

Desde hace décadas –básicamente desde el colapso de los partidos tradicionales de masas− se habla de una crisis de la representación política, aunque muchas veces no sabe bien en qué consiste esta crisis. Ya no hay antiguo régimen; ya no hay despotismo ilustrado: eso es seguro. “El todo para el pueblo”, mal que nos pese, no tiene lugar plenamente; pero, afortunadamente, el “sin el pueblo”, tampoco; sería absurdo pensar así la política.

Particularmente en la Argentina, donde podemos hablar de un ciclo electoral “regular” o “estable” −no sin sobresaltos−, como el iniciado en octubre del ‘83, parece ser que la garantía del sufragio se vuelve decisiva para aseverar que hemos cruzado la frontera que separa aquello que no es una democracia y aquello que lo es. Si hay elecciones regulares, evidentemente, debemos afirmar que algún tipo de democracia hay. Luego de esto podremos discutir acerca de si tenemos una democracia republicana, o no; si se cumplen los postulados mínimos de una democracia social, con iguales derechos para todas y todos (lo cual, por cierto, parece hoy cada vez más lejano), etcétera.

Pero incluso sin necesidad de entrar en estos tópicos −igualmente urgentes−, podemos seguir analizando la crisis de la democracia representativa. Los sucesos pre-electorales de los últimos días en Córdoba parecen invitarnos especialmente a pensar este punto. Algunos ciudadanos, especialmente quienes dicen sentirse altamente representados por la fuerza política que declinó la lista a la gobernación y a la Legislatura provincial, manifiestan un enojo categórico al respecto (hay también enojos que habremos de llamar “externos”, pero esos no entran en el análisis, porque no involucran al concepto de representación que quiero explorar). Otros, en cambio, manifiestan un acompañamiento férreo a la decisión: “se hará lo que se deba hacer y eso basta por ahora”.

Hay, entonces, un desacuerdo en torno al mismo vínculo representativo. Los desacuerdos, después de todo, no deberían estar prohibidos en una sociedad que se dice libre y democrática. Pero el problema con esto, parece, no es la dualidad acuerdo-desacuerdo, sino el hecho de la falta de información suficiente.

No se puede en pocas líneas definir la crisis de la representación política, pero si hay un aspecto que reclama ser atendido es el del grado de información con que cuentan el ciudadano que pretende apoyar con su voto a un espacio o fuerza determinados, y −vamos a decirlo sin incomodidad− el militante de un proyecto político. Y es que la especulación –“se hizo por esto, o por aquello”, “fue acertado por esta razón, o fue un error por tal otra”−, por más racional y argumentada que sea, no alcanza al elector que pretende ser protagonista de un proceso participativo, o −al menos− comprometido en su rol como tal.

Es claro que el dirigente puede tener razones de peso para no blanquear su estrategia en un año electoral. Esto es indudable, y es de esperar que quien niegue estas razones lo haga más para tender un manto de corrección política que por otro motivo. Sin embargo, también es cierto que ese manto de corrección política está siempre presente. Es simbólicamente funcional al paradigma de una democracia representativa transparente o genuina; a lo que podríamos denominar una dimensión más normativa (de “deber ser”), que a un factor de la “política real”.

Pero este “deber ser” no pasa inadvertido en los hechos. El “no voy a votar a otra fórmula” es un posicionamiento basado en un deber ser. Por eso, nuevamente, por más que a algún suspicaz pueda parecerle una pose de corrección política, es innegable que hay un dirigente que se muestra responsable de la decisión y, en consecuencia, sale a dar explicaciones.

De ambos lados, entonces, hay argumentos. El ciudadano “enojado” los tiene, y el dirigente también, incluso del tipo de razones encaminadas a no dar a conocer todos los hechos.

Es decir que, en el mejor de los casos, lo que falta es información. Desde esta perspectiva, si “el pueblo quiere saber de qué se trata”, el dirigente se acercará mejor a su “deber ser” como representante en tanto pueda comprender lo que de verdad significa, simplemente, la incertidumbre de aquel que quiere saber y no puede enterarse.

A esta incertidumbre se suma por estos días, vale remarcarlo, un panorama nacional que por el momento es grave, muy grave, desalentador, no solamente en lo político, sino por sobre todo en lo social.

Reitero, de ambos lados puede haber argumentos. Solo que es hora de que la cosa se equilibre un poco más. El delantero no puede asegurar cuándo, ni de qué manera, marcará el tanto. Lo que no debe extrañar es que alguien del equipo le pregunte por qué pateó de media cancha y la tiró afuera, cuando podía pasarla y no lo hizo. Otra vez, puede haber razones, nadie dice que no las haya. Pero esperar hasta el final del partido para dar ese tipo de explicaciones, quizás no sea lo más conveniente.