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Francisco González Brizuela

Periodista y Docente

columnista alreves.net.ar

Otro villancico posible

 

El viejo decide salir, es hora de caminar. No tiene ganas, pero las articulaciones se oxidan si no las acostumbrás a moverse seguido, se repite. Se esfuerza, pero ya no recuerda si esa idea se le ocurrió a él o a otra persona. Abre la puerta, mira alrededor. Cierra la puerta. Con la llave busca la cerradura, la orilla, mete la llave y la hace girar dos veces mientras aún vigila a su alrededor.

Camina hacia la farmacia, el bochorno reverbera en su mente en forma de ideas y palabras. Observa las vidrieras, los vecinos (¿son vecinos?) yendo y viniendo. Lo aturden los autos y las motos. Es evidente que  llegó esa fecha en la que muchos recuerdan a ese hijo de un dios que nace en la pobreza; se nota porque esos muchos y otros más son partícipes de la mayor orgía de consumo de cada año. El viejo nota que algunas personas miran vidrieras para elegir y otras para anhelar. Otros no miran, se miran. Si pudiesen, se comprarían. O se venderían.

_Señor…¡señor! Sigue usted ¿no? ¿Qué desea?

_ ¿Qué deseo? No querida, no deseo nada aquí: lo necesito. Está acá en la receta.

_ Permítame, ya se los traigo.

Pantallas con el turno para quienes compran con mutual y otras para quienes compran sin mutual; pantallas con noticieros en vivo; pantallas de  celulares iluminando el rostro de gente cabizbaja. Comienza a sentir frío, busca la fuente: a su derecha, en un rincón, ve un árbol navideño decorado con luces Led y adornos plateados. Sus hojas artificiales son blancas, como la nieve neoyorquina. Eleva la mirada por sobre el pino fantasmal y se le escapa una sonrisa. El aire acondicionado ubicado arriba parece ser su único cómplice en el lugar.

_ Aquí están señor, se los dejo en la caja. Pase por ahí.

_ Gracias señorita.

En la fila de la caja al viejo lo rodean redes de susurros de quienes esperan y comentan: que querés con esos negros che volvieron a aumentar no sé hasta cuándo vamos a seguir así termina todo igual no puede ser que haya una sola persona cobrando podés creer que no van a venir en nochebuena yo le compro algo así nomás si él nunca se esmera ese protector solar es importado y está tan bravo el sol que…

_ Esto es suyo señor. ¿Tiene tarjeta de socio?

_ De socio…no querido.

_ Son novecientos veintiún pesos con sesenta centavos.

_ Tomá, te pago con la tarjeta de débito así el Anses confirma que sigo vivo y no tengo que ir a sacar un certificado de supervivencia al banco. Qué mejor muestra de estar vivo que comprar ¿no?

_ Sí, sí. Tome: firma, documento y un número de teléfono por favor.

El viejo busca, en el papelito los lugares son tan limitados y tan reducidos que, en esa dificultad para escribir se reconoce él en su primer año de escolaridad allá en el pueblo.

_ Aquí tiene.

_ Gracias por su compra, feliz navidad.

Emprende la caminata de regreso con la bolsa blanca balanceándose  apenas en el aire sofocante de diciembre. Diciembre -se repite el viejo-,  cuestión de climas. Calor, humedad. Tensión, contrastes, paradojas. La violencia como villancico navideño. Comienza a sentir que el cansancio ralentiza su paso casi al punto de inmovilizarlo. Le pesa la bolsa, la edad, ese desánimo conocido. De pronto se acuerda: ¡Eloísa! Ese era el nombre de aquella primer maestra que les enseñó a escribir. Sin darse cuenta ya casi llega a casa.