Parler, Trump y la paradoja de la tolerancia

Luego de cerrarle las cuentas a Trump en las redes sociales, los dueños de internet también bloquearon a Parler, donde se aglutinaba el reservorio de violencia y fanatismo identificado con el presidente estadounidense y desde donde se arengaba a nuevos ataques como el del Capitolio. Cuando la libertad de expresión se juega entre los límites de la tolerancia y los verdaderos dueños de la pelota.

 Miércoles, 13-enero-2021

El ataque del 6 de enero al Capitolio, que terminó con cinco personas muertas, alineó a los seguidores de Trump en la red social Parler, que fue cancelada por todos los servidores de internet con el argumento de que difundían contenidos que incitaban a la violencia.


Imperio de las comunicaciones mata imperio de los ladrillos. Donald Trump apostó a la potencia de su prepotencia y fue silenciado con un click por los magnates del poder real, que hace décadas se juega en territorios intangibles donde la Trump Organization no puede lotear parcelas ni construir rascacielos. En la última pulseada, el presidente saliente de los Estados Unidos fue bloqueado en Twitter, en Facebook y ahora también cancelaron Parler, la red social donde se amparaba su discurso odiante y sus millones de cultores.

A la deriva y sin red, los dueños de esta suerte de Twitter alternativo, sin filtros ni moderación, demandaron a Amazon Web Services por negarles el acceso a la WWW. Un golpe mortal del que John Matze y Rebekah Mercer, creadores de la red -y ella una de las principales aportantes al Partido Republicano-, aseguran que no podrán recuperarse. “Haremos todo lo necesario para volver a estar en línea lo más rápido posible, pero todos los proveedores con los que contactamos nos dicen que no quieren trabajar con nosotros si Apple o Google no lo aprueban” y es difícil encontrar “300 a 500 servidores informáticos en 24 horas”, dijo Matze en una entrevista con Fox News.

El argumento de Amazon y de los dueños de la pelota informática es la de la defensa de “la paz social”, luego de las arengas publicadas por Trump antes de los ataques al Capitolio, el miércoles pasado, y que terminaron con cinco muertos. “Dios todopoderoso está con ustedes. HOY ES NUESTRO DÍA”, tuiteaba Donald, mientras sus fanáticos se pintaban la cara y se colgaban los rifles del hombro. El bloqueo de su cuenta de Twitter, donde también calificaba de patriotas a los atacantes que ingrearon armados al edificio, provocó que Parler sumara en pocas horas cinco millones de seguidores y potenciara la agresividad de sus comentarios y sus hilos plagados de apologías a delitos. Entonces Amazon hizo efectivas las cláusulas de su contrato con Parler, donde los términos del servicio definen cuáles son las prácticas de moderación de contenido adecuadas para el uso de la red.

Sin embargo, las políticas de participación de esa aplicación se definieron históricamente (y de ahí su popularidad con el sector más radicalizado de los trumpistas) por su no intervención deliberada en la comunidad de usuarios, mediante la implementación de una suerte de “jurado comunitario”, integrado por voluntarios especializados que votan sobre los posteos para determinar si violan o no las reglas del sitio. La remoción de comentarios se mantiene en el mínimo indispensable, habilita el autogobierno de sus usuarios y tiene como lema el “hable libremente”.

En el fino límite de la tolerancia, la libertad de expresión y la apología del delito, la paradoja de Karl Popper vuelve a interpelar la cuestión de cuáles son las condiciones de su ejercicio. ¿Debe tolerarse el derecho a la expresión de cualquier ideología, incluso la de la intolerancia?

Crédito Pictoline

La paradoja de la tolerancia de Karl Popper, sintetizada por Pictoline.

Según Miguel Quintana Paz, profesor de Ética de la Universidad Europea Miguel de Cervantes, “bastaría con determinar que unas ideas que no te gustan son ideas de intolerantes para justificar acallarlas”, dice. “Cuando Popper utiliza este dicho, en un pie de página en su libro ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, lo que dice es que el único motivo para ser intolerante con ese otro intolerante es que él recurra a la violencia, que pase de argumentar en el espacio de las razones”, por lo tanto esta frase no nos debe permitir acallar a los demás sino a discutir con los demás”, explica.

Para Manuela Kasper-Claridge, editora de Deutsche Welle, la suspensión de Trump en las redes y el bloqueo a Parler está lejos de ser la solución a los discursos del odio y se acerca más a una lavada de manos de las responsabilidades que les corresponden a los administradores de internet. A los dueños reales de la pelota real. “Twitter, Facebook y otros han dejado en claro que ellos son los verdaderamente poderosos, ya que deciden quién y cómo se debe expresar en sus plataformas simplemente bloqueando al que quizás sea su usuario más famoso. Los 88 millones de seguidores de @realDonaldTrump y los 35 millones de suscriptores en Facebook ya no pueden encontrar sus comentarios, a veces peligrosos y también racistas, en esas plataformas. El presidente ha sido silenciado. Donald Trump ha usado sus cuentas como un arma contra sus críticos. El discurso de odio y las falsedades han sido su marca registrada. Las posibles consecuencias de esto se pudieron observar en el asalto al Capitolio en Washington”, dice en una columna y agrega que “si uno quiere libertad de expresión, tiene que soportar la libertad de expresión de los demás. Me pone nerviosa que un pequeño grupo de gerentes de empresas pueda decidir cerrar de un portazo las plataformas de comunicación más influyentes del mundo”.

La periodista agrega que la suspensión de Trump y Parler es una manera de que los operadores de la plataforma eludan su responsabilidad, “porque aparte de la propaganda de Trump, en sus plataformas se pueden encontrar millones y millones de informes falaces, discursos de odio y repugnante propaganda. Twitter, Facebook y otros deben cumplir con su obligación social. Deben eliminar y, cuando sea necesario, identificar y denunciar los informes falsos”.