Miguel A. Ferreras

 

columnista alreves.net.ar

¿Prescindibles o imprescindibles?

De la coyuntura a un problema de fondo

En estos momentos (fines de marzo del 2020) el gobierno ha distinguido entre bienes y servicios esenciales y no esenciales, para definir a quienes se permite circular y a quienes no. Más allá de las incuestionables intenciones sociales y políticas del actual gobierno, esta distinción, nos invita a volver la mirada sobre los bienes y servicios esenciales que podemos llamar imprescindibles. La distinción es relevante al menos por dos razones: a) alude al problema de fondo de una civilización hegemónica en este tiempo, que se construyó en base a una idea de progreso ilimitado, progreso que no distinguía entre lo imprescindible y lo prescindible para los pueblos organizados, cualquiera fuera su particular tradición cultural y política – ideológica; b) porque la distinción entre bienes y servicios, tiende a deslizarse hacia los seres humanos que las producen, clasificándolos en imprescindibles y prescindibles. La segunda razón me lleva a la pregunta de ¿para quiénes estas producciones son imprescindibles? y ¿ quiénes son los que definen y realizan estas selecciones?

Un problema civilizatorio

Desde inicios de la modernidad la idea de un progreso social ilimitado a través del dominio de la naturaleza y de otros seres humanos, valiéndose de tecnologías progresivamente sofisticadas y de la organización capitalista de la sociedad y del trabajo, impulsó la ilusión de un progreso ilimitado que: en base al aumento de la productividad prometía un cierto derrame de los beneficios hacia la clase obrera y hacia burócratas y técnicos. La emergencia de diversas formas de democracia a partir de la revolución francesa incentivó esta ilusión. Un aumento generalizado de las expectativas de vida y de la “calidad de vida” en términos comparativos contribuyó a cimentar culturalmente la idea de un progreso social ilimitado.

La promoción de la producción y consumo de bienes y servicios prescindibles impulsó una operación cultural e ideológica de dominio, que se concretó en las formas del consumismo, la concentración del poder y la riqueza y el aislamiento de la especie humana en una burbuja que pretendía prescindir de las condiciones de posibilidad para la vida que nuestro planeta fija.

Las experiencias de inspiración socialista y comunista que lograron mayor distribución de la riqueza, encuentran más dificultades para distribuir el poder y poco avanzó en una revisión crítica y profunda de la complejidad de las interdependencias y de los vínculos de la especie humana con los restantes seres vivos y con el ambiente. No aparece aún con suficiente fuerza en estas experiencias una idea clara de los límites y riesgos del productivismo y de la idea de progreso humano.

Los recursos naturales y el medio ambiente se pensaban como inagotables e insaturables. Pasada la mitad del siglo XX comenzó a emerger una conciencia ambiental y ecológica que advertía sobre el ecocidio que se estaba consumando y los riesgos y daños que implicaban la superación de límites de contaminación ambiental: el aumento de la temperatura promedio del planeta, y la emergencia de evidencias sobre un cambio climático negativo en desarrollo.

Toscamente esbozado así un problema civilizatorio, el modo de lograr un proyecto humano sostenible en el tiempo, ha de ser el que sea también para el conjunto de las especies que pueblan el planeta y del planeta mismo. Avanzar en esta dirección sin caer en fundamentalismos, ponderando participativamente los riesgos de cada decisión es un desafío abierto y difícil, y que en nuestros días puede suponer transitar un estrecho desfiladero. Una tarea en ese camino es la de seleccionar cuales son los productos y servicios imprescindibles para todes y como garantizar su accesibilidad. Esta tarea es continua y progresiva porque si fuera sólo un punto de partida definido por un grupo de expertos estaríamos reproduciendo uno de los problemas que nos trajo a la actual crisis.

Producir lo imprescindible para y con todes

Más de doscientos años de espectacular desarrollo científico y tecnológico acompañaron a una brutal concentración de poder y riqueza y de daños ambientales de difícil remediación, sumado a una creciente financiarización de la economía mundial que propicia la aceleración de la concentración irracional de la riqueza en desmedro de la producción de bienes y servicios básicos para una vida digna.

Esta trayectoria sino suicida para esta civilización en su conjunto no deja ya duda alguna que puede atender sólo a una cada vez más reducida minoría que ofrece algunas migajas a sus gerenciadores y sostenedores de su infraestructura.

La creciente automatización, robotización y control inteligente digital de los medios de producción hegemónicos dejan un creciente ejército de desocupados, prescindibles para el sistema que se abastece del hiperconsumo de pocos.

En el límite estos desplazados son presentados como los culpables de varios problemas sociales como la delincuencia y estigmatizados como vagos o incapaces de adquirir las competencias que el sistema productivo exige. Ellos y su menguada capacidad productiva son considerados como prescindibles y un verdadero estorbo para el desarrollo de los más aptos. La distinción entre bienes y servicios prescindibles e imprescindibles que la idea de progreso ilimitado soslayó, es desplazada ahora hacia los seres humanos que no participan de los beneficios de este sistema de exclusión.

¿Podemos considerar imprescindibles a las tecnologías que transforman en prescindibles a millones de seres humanos?; ¿podemos considerar neutras a tecnologías que responden a las intenciones de un puñado de expertos diseñadores y a los intereses de grupos de poder concentrados, o están en ellas inscriptas esas intenciones e intereses que bloquean la búsqueda de horizontes emancipadores de los pueblos?; si estas tecnologías nos han ubicado en situaciones en gran parte irreversibles: ¿impediría esto construir nuevas tecnologíEs (con una “E” que convoca a la diversidad) que exploren otras posibilidades coherentes con los intereses de los pueblos?

Podemos plantearnos entonces la posibilidad de producir lo imprescindible con y para los que hoy el sistema hegemónico considera prescindibles.

Una propuesta para explorar otras posibilidades

No parece esperable un cambio de dirección en la conducción superconcentrada del actual sistema económico hegemónico. Por tanto parece imprescindible optar por explorar otras posibilidades entre las que se podrían inicialmente sugerir:
I.- Promover entre las organizaciones sociales de base de los sectores más vulnerables la producción de bienes y servicios imprescindibles entre los que se encuentran la alimentación, la prevención de la salud y la construcción de hábitats adecuados para desarrollar estas producciones y asegurar el acceso de todes a sus beneficios.
II. Demandar del Estado Nacional, Provincial y Municipal el acompañamiento de estas iniciativas con subsidios no reintegrables y apoyos científico y tecnológico de diverso tipo.
III.- Demandar de los Poderes Legislativos la sanción de leyes que deriven fondos de la actividad privada para el apoyo de estas iniciativas estableciendo adecuadas modalidades de evaluación y seguimiento participativo de las mismas.
IV.- Demandar al Pode Judicial que se destinen prioritariamente para estas áreas a los sentenciados que deban cumplir tareas comunitarias.
V.- Priorizar entre los proyectos que se elaboren a los vinculados al desarrollo de la soberanía alimentaria a través de la producción agroecológica que busque garantizar el acceso de todes a estos productos, explorando las posibilidades de redes de distribución que castiguen la especulación y eviten la concentración de decisiones y ganancias en pocas manos.

Estas iniciales y provisorias posibilidades sólo pretenden invitar a generar otras que se consideren más potentes para construir, al interior del sistema económico hegemónico, cuñas de organizaciones comunitarias, que acumulen poder, y que permitan ir constituyendo una red autónoma, que pueda consolidarse en el tiempo en una especie de retaguardia popular en la cual vivenciar otras posibilidades de modos de producción, intercambio y acumulación comunitarias. En esta red, en rigor, todes seriamos productorxs de nuevas posibilidades y de un horizonte común: el de un mundo en el que quepan otros mundos que comparten un estilo de convivencia.