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Andrés Daín

Politólogo

columnista alreves.net.ar

Sergio Massa. Comer o ser comido por la polarización.

La gran incógnita por estos días es qué va a hacer Sergio Massa: ¿Persistirá en Alternativa Federal y en será el candidato de un tercer espacio? ¿O bien acordará con alguno de los lados de la grieta? ¿Negociará con Alberto Fernández en favor de la unidad del peronismo o lo hará con María Eugenia Vidal para ser parte de una colectora? En definitiva, tras tanto insistir con la tercera vía, justificando la ancha avenida del medio y la necesidad de un candidato antigrieta, pareciera que el sistema político argentino termina de enfrentar a Massa frente al trágico dilema de morir como el candidato de una avenida devenida en callejón o morir en manos de la polarización.

Durante los breves tiempos dorados del gobierno de Macri -que generosamente podríamos extender desde su asunción hasta el triunfo electoral de su espacio en 2017- la apuesta política de Sergio Massa fue la de erigirse como un opositor “constructivo”, cuya “sensatez” y “moderación” lo llevaba a apoyar al Presidente y a rehuir del peronismo bajo su forma kirchnerista. Un opositor que apoya al oficialismo y se opone a la oposición. Paradojas del marketing político y de los designios de algunos poderes fácticos. El momento paradigmático de este intento por construirse como un opositor “responsable” fue el recordado viaje a Davos junto al flamante presidente.

En definitiva, el plan A del Frente Renovador fue que el (al menos relativo) éxito del gobierno de Macri dejaría en el lugar de la más absurda inverosimilitud al kirchnerismo, que quedaría reducido a una secta adoradora de CFK, y definiría un nuevo contexto político que sólo dejaría lugar para que una oposición “racional”. Para fines de 2017 ya estaba claro que el plan de Massa iba camino al fracaso, pero no por su culpa, sino por la de Macri.

A medida que se desmoronaba la imagen pública de Mauricio Macri como consecuencia de los inocultables efectos sociales de su brutal programa macroeconómico, Massa cambió su estrategia y comenzó a ubicarse cada vez más nítidamente en el lugar del antimacrismo. Y eso lo puso de cara a un nuevo problema porque ese lugar ya tenía una forma y un contenido determinado. La retórica kirchnerista, desde la “campaña del miedo” de 2015, venía construyendo una manera de ser opositor. Y además, también tenía un liderazgo que parecía sostenidamente colmar ese lugar. La persistencia electoral de CFK la reafirmaba sistemáticamente como la opción antimacrista en Argentina.

Así, Massa quiso pasar de ser un opositor-oficialista a un opositor-opositor, pero se encontró que ese espacio ya estaba definido y estaba electoralmente representado. Por más que empezó a criticar la vuelta al Fondo Monetario Internacional, el ajuste, los tarifazos, el olvido e insensibilidad ante los sectores populares, nada de eso sonaba por primera vez, todo ya había sido dicho por el kirchnerismo. Sin embargo, le quedaba un argumento: el rechazo a CFK, a su estilo y a su “condición ética”. Pero un día sucedió que fue ella quien decidió correrse del centro de la escena electoral y elegir a Alberto Fernández como candidato a Presidente, dejando a Massa no sólo sin excusas para formar parte de la Unidad, sino sobre todo sin un lugar significativo en la política argentina. Ya no hay lugar para otro antimacrismo, tanto porque su contenido fue excluyentemente definido por el kirchnerismo como porque CFK sigue teniendo la excluyente mayoría de votos de ese espectro ideológico.

Estos movimientos discursivos no son abstracciones ya que encuentran encarnadura en sujeto y acciones concretas. Un indicador contundente son los movimientos de algunos dirigentes, que evidencian que el pragmatismo no es abstracto ni universal, sino que siempre depende de un determinado contexto. Del massismo se alejaron algunos por convicciones ideológicas (el propio Alberto Fernández o el caso de Daniel Arroyo), otros por decisiones tácticas-ideológicas (como Felipe Solá, uno de los primeros en trabajar por la unidad del peronismo) y otros por necesidades estratégicas-electorales (intendentes y gobernadores). Estos traspasos de nombres propios son efectos de la polarización que al mismo tiempo la refuerzan y la desplazan.

En definitiva, Massa no supo o no pudo construir y contener la ancha avenida del medio. Primero, porque fracasó en su apuesta de ser opositor racional al macrismo, y fracasó porque el macrismo se desmoronó y lo hace cada vez más. Y segundo, fracasó también porque la oposición al macrismo más verosímil, la que el electorado ve como la más legítima siempre fue el kichnerismo, desde el 2015 hasta esta parte. Pero además, Massa tampoco pudo contener esa ancha avenida del medio porque frente al derrumbe de Macri, no pudo ofrecer otra cosa más que kirchnerismo en su explicación a la sociedad del fracaso de Macri. No pudo dar una explicación distinta a la sociedad del fracaso de Macri. Así, cuando Massa advirtió que se había quedado sin su ancha avenida, ya era tarde porque ambas aceras estaban llenas de sentidos y de candidatos.