Miguel A. Ferreras

Ingeniero ex Profesor Asoc. U.N.C.

columnista alreves.net.ar

UBER: La diferencia es la cuestión

Una sociedad puede construir su identidad en base al modo en que procesa las diferencias y acuerda qué diferencias no acepta. El caso que instala la plataforma Uber para el servicio de transporte público de pasajeros en la ciudad de Córdoba (Argentina) propone diferencias a poner en cuestión.

Existen diversas modalidades de regulación del transporte público de pasajeros en taxis y remises, las que pueden distinguir a unos de otros, y que fijan condiciones de uso y tarifas específicas, distinguir también modalidades diferenciales para distintas demandas, diferenciar horarios y zonas de una ciudad, y establecer muy diversas condiciones para la obtención de certificaciones para los automóviles y las que deben cumplir los conductores. Pero una modalidad que condiciona a pasajeros y conductores para favorecer a una plataforma económica que puentea y burla regulaciones e impuestos institucional y democráticamente establecidos, es una modalidad diferente que debiéramos acordar en no aceptar. Para no aceptarla bastaría tener en cuenta el modo en que hizo su presentación en Córdoba (Argentina). Pasó por arriba de toda normativa vigente, con la complicidad o beneplácito de los medios de comunicación hegemónicos, hasta que la justicia le puso un límite.

La plataforma Uber

Podemos pensar a la plataforma Uber como un muro que separa, aísla, a conductores de vehículos y pasajeros para evitar que se relacionen a través de una regulación social, institucional y democráticamente validada. Así la plataforma puede obtener un máximo provecho para ella a expensas de cada uno de los otros dos actores y de los recursos del Estado.

Para lograrlo la plataforma explora los límites de lo que puede tolerar y aceptar cada actor aislado, para satisfacer su necesidad de transportarse o de obtener trabajo, utiliza para eso inteligencia artificial. Todo aquello a lo que en cada momento están dispuestos a renunciar o sacrificar los actores, la plataforma lo capitaliza en su beneficio. El conductor acepta, por caso, que le fijen la tarifa de acuerdo a la demanda y asumir sobre sus espaldas los riesgos que los seguros no aceptan, por no estar catalogado como servicios público de transporte de pasajeros, renunciando además a tener un trabajo con mayor cobertura social. Los pasajeros asumen, sin mucha conciencia de ello, la mayor probabilidad de tomar un vehículo sin condiciones aceptables de seguridad, ser transportados por conductores sin la idoneidad adecuada, y no contar con un seguro de persona transportada. A esto los pasajeros lo aceptan posiblemente a cambio de una mayor velocidad de respuesta, y un eventual menor costo. El conductor del vehículo lo acepta probablemente porque no encuentra otro modo de ganarse la vida, o de ingresar al sistema formal de taxis y remises. Ambos renuncian a no ampararse en un contrato social institucional y democráticamente validado.

¿Cómo es posible que la plataforma llegue a instalarse?

Tal vez, en parte, al pasajero y a su conductor, los aliente una secreta complicidad de burlar regulaciones e impuestos que asumen como obstáculos innecesarios. Tal vez los fascina la posibilidad de que con el sólo movimiento de sus dedos en una pantalla obtienen un resultado que creen controlar, sea como audaz emprendedor en el caso del conductor, o como aprendiz de ejecutivo en el caso del pasajero. El conductor queda librado a su suerte individual a la hora de tener que reclamar por algún daño o injusticia sufrida, y no muy distinta es la condición del pasajero. Ambos parecieran olvidar que en la aplicación que bajan gratuitamente anida un mediador, un actor oculto que trabaja principalmente para satisfacer los intereses de la plataforma. Quizás en el acto de compartir el vehículo, el audaz emprendedor se sienta motivado por la figura del aprendiz de ejecutivo que elige a pura prepotencia el modo de transportarse. Las fallas del sistema regulatorio y de sus controles estimulan a ambos a concretar estas transgresiones.

Úber vincula datos, no personas

La llamada convergencia digital es una brutal reducción de complejidad de lo humano a datos expresados de forma binaria en una computadora, a partir de los cuales puede reconstruir un mundo muy complejo pero no igual al que representa. Como sabemos no podemos confundir una cartografía con el territorio, por fascinante que nos la presente por caso el Google Earth. Cuando comienzan a aparecer en nuestras ciudades les robots, que pueden dialogar e interactuar con nosotres “casi” de igual a igual, es bueno recordar lo que nos advertía Italo Calvino cuando un viajero se apresta a abandonar Ipazia: “no hay lenguaje sin engaño” (“Las ciudades y los signos 4”, en “Las ciudades invisibles”).
No debemos perder de vista que lo que relaciona y vincula la inteligencia artificial, por poderosa que parezca, son sólo datos y las acciones inteligentes de esas máquinas no suplantan punto por punto a los vínculos humanos con su impredecible complejidad, ni tampoco al proceso de constitución de una regulación social institucional y democráticamente validada, aunque se pueda construir un riguroso mundo maquinal al cual someterse, si así se lo aceptara. La plataforma Uber no vincula pasajeros con transportadores, sólo relaciona y procesa algorítmicamente datos para optimizar sus beneficios económicos. Es un caso típico de una tecnología sitiadora que impone condiciones para concentrar riqueza y poder de decisión, presentándose como una tendencia irrenunciable. Ver mi anterior columna de opinión “Tecnologias, elecciones y comunicacion”

Un posible camino

Está llegando a su fin la aventura neoliberal en el gobierno de Argentina, que ha creado un clima propicio para estos mega emprendimientos globales, pero el poder real del que es parte Uber continuará actuando, y con más agresividad. Es también una tarea de cada ciudadano contribuir a desmontar las mentiras que el poder económico de estas plataformas permite canalizar a través de los medios hegemónicos. Es imprescindible que el sistema educativo y los medios de comunicación estatales tengan, en los días por venir, un papel central en este desmonstaje, promoviendo una educación continua de todes les ciudadanes en estos asuntos. Una creciente participación social permitirá resolver las fallas u omisiones de las actuales regulaciones, generar muevas tecnologíes situadas, desalentando búsquedas de incierto o nefasto resultado, como es el caso de Uber.