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Graciela Pedraza

Periodista

columnista alreves.net.ar

Venezuela, tierra en resistencia

Obra mural fachada del Laboratorio Teatral Ana Julia Rojas. en Caracas, Venezuela. Artista Kalaka

Año 2013

Desde Caracas a la aldea La Coromoto, bien arriba en los Andes venezolanos, hay 700 kilómetros. Pero el viaje puede llevar más de un día. El primer problema es conseguir un pasaje hasta Mérida en el Terminal La Bandera, donde bulle una impresionante romería de todos colores y variopintas intenciones. Es que ahí, en los pasillos y ante las boleterías, se juntan los pequeños estafadores que sobrevenden boletos, los rateros, y obviamente, los miles y miles que aspiran a viajar al interior del país. Los pasajes se venden en el mismo día y hay que estar una hora antes del horario de partida, porque cuando el micro se llena, parte. No importa el horario. Pregunta: ¿aun cuando tengas número de asiento y todo?, aun, es la respuesta.

La cola se eterniza y permite largas conversaciones, porque al advertir el acento extranjero enseguida la gente te da indicaciones, consejos, advertencias, y entre unos y otros repasan la situación general de Venezuela, ya acosada por el bloqueo (1) que impulsa el imperio del norte. ‘Y no es el primero – cuenta un estudiante tachirense-. Tuvimos otro por mar a principios del siglo pasado. Vinieron los ingleses, los alemanes y los italianos con sus barcos. Después hubo un arreglo porque intervino Estados Unidos, pero al final fue peor. Mira, desde ese momento tienen su pie puesto aquí”.
Empezaba a gestarse el zarpazo de Estados Unidos, tras el descubrimiento de petróleo en suelo venezolano. Ahora ya todos sabemos que esa porción de Latinoamérica contiene las mayores reservas de crudo del mundo (la llamada Franja del Orinoco), además de diamantes, oro, coltán, hierro, níquel, bauxita, mármol, carbón, gratino, fosfatos, feldespatos y cantidad de minerales de las llamadas “tierras raras” (2)).
Seguimos en la terminal. El micro, efectivamente sale mucho antes de lo previsto. Imaginemos la cara del que llega puntual y se encuentra con el andén vacío.

La misma ciudad, otra ciudad

Caracas luce distinta a los años 80, cuando COPEI y Acción Democrática, los dos partidos que se sucedían en el poder, trataban de zafar de la crisis por la caída del precio del petróleo: de U$S 40.50 en 1979, a U$S 26 en el 83. El baño de oro negro se desleía y venía la hora de apretar los cinturones siempre ajustados de los más vulnerables, mientras se fugan capitales y reinan la especulación financiera y el endeudamiento externo. Cuando en el 89 asume Carlos Andrés Pérez, lo hace de la mano del FMI, que impone la agenda por todos conocida, y que lo mismo aplica para una gripe que para una enfermedad fulminante.

Ese año los registros oficiales indican que el 47.5% de la población se encuentra debajo de los niveles de subsistencia. Y cuando el flamante gobierno anuncia en febrero las medidas “de austeridad” –condenando a los pobres a ser cada vez más pobres- sobreviene el Caracazo. Las barriadas como El Petare, Catia, El Valle, Coche o Antímano, que sólo conocen hambre y discriminación, bajan en masa de los cerros y se produce una represión feroz que deja más de tres mil muertos. Nunca se conoció la cifra exacta.

Tres años después, en 1992, un grupo de militares intenta tomar el poder. Fracaso y cárcel. Uno de los líderes es el teniente coronel Hugo Chávez Frías, que permanece en prisión hasta 1996, y dos años después asume como presidente (vía elecciones) por el Movimiento Socialista Unido de Venezuela.

En el 2013 Chávez está muerto pero el país ya ha cambiado. Caracas luce distinta. Murales inmensos o murales pequeños van contando por toda la ciudad, una historia donde se libran batallas y sucesos que marcan hitos en la búsqueda de libertad y soberanía. Los lugares públicos son una suerte de museo histórico al aire libre, con una impronta colorida que profundiza el mensaje: memoria, soberanía, solidaridad, igualdad.

En el metro hay grandes retratos de mujeres y hombres afroamericanos que lucharon por la independencia y durante siglos fueron invisibilizados; ya no. Las mujeres ocupan los primeros planos en este rescate de identidad: la Negra Hipólita (nodriza de Bolívar), Concepción Mariño, Cecilia Mujica, Teresa Heredia, obligada a desfilar desnuda untada en miel y con plumas por las calles de su pueblo… tantísimas más.

La construcción de viviendas sociales sorprende por su cantidad, igual que la transformación del transporte público: metro, metrobus, cabletren, el teleférico metrocable y un sistema ferroviario que enlaza Caracas con algunas poblaciones vecinas, alivian la congestión y benefician sobre todo a los barrios más postergados. Una inversión impresionante.

En el Rajatabla están los actores que trabajaron con Carlos Giménez. Nos envuelve un hilo de emoción colectiva en ese momento. El cordobés que alimentó tantos ideales acá y allá, duerme su largo sueño en esa tierra a la que se dio por entero. La ciudad ha cambiado y también la gente. Los chavistas explican con paciencia todo lo que lograron en estos años y lo que todavía falta por hacer: importar menos alimentos y producirlos en una tierra generosa que tiene de todo -pero quedó rehén del petróleo-, es la premisa.

Hay gazebos distribuidos en la ciudad llenos de opositores gesticulantes. No te dan tiempo para una réplica o una pregunta, y menos para una reflexión, es un discurso uniforme que mira hacia Miami y maldice el féretro del Cuartel de la Montaña (3). Si detectan un cuestionamiento, te dan vuelta la espalda. “¿Qué cosa es la FAO?… ¿y dice que se redujo a la mitad el hambre?, no creas, puras mentiras oficialistas” (4). Los alimenta un odio implacable, secular, el mismo que los lleva hoy a preferir una invasión armada imperial, que sentarse en una mesa de diálogo o competir en las urnas. Es un contraste notable: la acritud opositora y la alegría chavista.

Los mercados financieros levantan a diario la cotización del dólar negro y los grandes comerciantes e industriales se ocupan de esconder mercadería o bien bajan la producción. Se sabe: si la gente tiene que hacer largas colas y largas esperas, termina ofuscándose. A eso apunta la reacción conservadora, siempre al acecho, amparada como es de costumbre por los poderosos medios de comunicación.

Nada ha cambiado desde el 2013 hasta hoy. Salvo el incremento salvaje del hostigamiento, amamantado por los intereses de adentro y de afuera.

El viaje a la montaña con sus anillos de nubes

El micro partió de Caracas. Te mata el aire acondicionado que el chofer no puede controlar. Durante el trayecto y las postas que hacemos para salir de Caracas y llegar a Canaguá y de ahí a La Coromoto, se ven las marcas indelebles de la revolución bolivariana. A falta de apoyo mediático, sirven las paredes para resaltar las gestas de los grandes libertadores con Bolívar a la cabeza, y el trabajo que realizan las misiones, esos programas sociales del chavismo sostenidos con inmensos recursos provenientes del petróleo. Acá una pared con un dibujo naif muestra personas adultas aprendiendo a leer y escribir (misión Robinson). En otra, unas figuras con guardapolvos blancos atendiendo enfermos (misión Barrio Adentro), y en el siguiente pueblo un mural con pequeñas casitas porque esa es Misión Habitat.

Es cierto que se viaja con dificultad, pero incluso así es imposible sustraerse a la fascinación del paisaje venezolano y su gente, que resiste apelando a la conciencia. El pequeño comerciante que tengo por compañero de asiento explica la escasez de ómnibus por el bloqueo, que impide importar no solo medicinas o máquinas, sino los repuestos. Por esa razón, dice, en Mérida hay una empresa con la mitad de su flota parada. Muchos razonan sobre el porqué de la difícil situación, mientras otros no pierden oportunidad para echar leña al fuego del descontento.

De Canaguá hasta La Coromoto hay cuatro kilómetros en subida empinadísima entre una lujuria verde con flores por todas partes. Los Andes son increíbles y no hay palabras para narrarlo. Ochenta familias viven en esas alturas desde siempre y allí cultivan café, cuidan sus animales, crían truchas en estanques que alimentan arroyos bulliciosos y una bruma que envuelve como en sueños.

En la mucuposada Las Hortensias (5)) esperan Marcolina y Neptalí Mora y Mora. Con sus propias manos campesinas han levantado la casa de piedra donde reciben con calidez. Tienen tres hijos y familias numerosas, todas en la cercanía. La mamá de Marcolina parió nueve hijos; la de Neptalí, trece, y aún fatiga sus piernas incansables entre los cerros. Neptalí preside el Consejo Comunal, donde se deciden obras prioritarias como la escuela y mejoras para la comunidad, bajo inspiración chavista.

La Venezuela profunda es testigo del constante movimiento de camiones que llevan mercadería, tratando de mitigar el desabastecimiento. Son las Agrotiendas Socialistas que tanto transportan alimentos como cemento o garrafas de gas que se distribuyen por familias, y bajo control, para evitar el mercado negro. Que se da.

Imposible no enamorarse de Venezuela. De La Coromoto y Mucuchachí, de Chacantá y Guaraque, de San José y El Molino, de las altas cumbres y de la costa. Imposible no admirar este pueblo de gesto digno que resiste y resiste entre pestilentes huracanes de ignorancia y de odio. Imposible.

Notas
1-Publicación de Celag.Org
2-Tierras raras: Nombre de 17 elementos químicos “raros”, poco frecuentes en su forma más pura. Se emplean en la fabricación de artefactos de alta tecnología: reactores nucleares, láseres, máseres (amplificadores de microondas), baterías de alto rendimiento, combustibles y hasta filtradores de radiación.Publicación de Actualidad.rt.com
3-Hugo Chávez está enterrado en el Museo de la Revolución Bolivariana, el Cuartel de la Montaña 4F, donde se gestó el levantamiento militar de 1992.
4-Publicación de Fao.Org
5-Mucuposadas. Red de alojamiento en zonas rurales o pequeños pueblos, con participación activa de las comunidades organizadas, en general campesinas.