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Estefanía Nosti

Periodista y escritora

columnista alreves.net.ar

Volvernos cosa

 

Pareciera que la cosificación hacia las mujeres constituye una situación cuyo peso y responsabilidad  recaería sobre las mismas mujeres. Algo que pudiera resultar tan simple como el ejercicio de un determinado trabajo resultaría teñido de prejuicios acerca de la participación de mujeres en “espacios cosificadores”. Se interpreta el problema como espacial, un problema de localización y puesta en práctica de ciertas rutinas y no un problema actitudinal, que lleva a hombres a considerar a las mujeres objetos de uso y desuso y a otras mujeres a llevar a cabo una actitud desvalorizante hacia sus pares.

Sin embargo, el problema de la cosificación no alude necesariamente a la exposición o manejo de los cuerpos, sino al contexto en el cual éste se sitúa y el prestigio que adquieren determinadas ocupaciones por encima o por debajo de otras. De esta manera, la figura de la modelo de moda tendría un estatus diferente al de la promotora. Al igual que adquiriría diferentes acepciones la mujer que descubre su cuerpo en una performance de aquella que lo hace en una obra de teatro independiente, en un club nocturno o en la TV. Lo que permanece en todos los escenarios es el cuerpo de la mujer expuesto, lo que se modifica es la categorización que adquiere, el tipo de valor que se le otorga. Da la impresión de que los cuerpos desnudos en las artes elevadas son un deleite necesario para el quehacer artístico en sí, pero lo cuerpos expuestos en ambientes populares se vuelven grotescos y victimizan a sus portadoras.

Si lo que se juzga es que las mujeres trabajen con sus cuerpos, deberíamos preguntarnos ¿qué mujeres no lo hacen? La secretaria, la empleada doméstica y la bailarina recurren a sus cuerpos como fuente de trabajo. Lo que se modifica según al caso son las partes implicadas de los cuerpos, ¿por qué las manos sí pero las caderas no? ¿Quién establece cuál es el límite físico de la mujer para que sea o no cosificada? ¿Acaso las mujeres todas no sufren acoso, sean secretarias, empleadas domésticas o bailarinas?

Hay una falta de protagonismo inmenso en la libre elección del nivel de exposición de nuestros cuerpos, mientras sostenidamente se recurre a la estrategia de justificar la violencia hacia el género por el nivel de ropa que dispone. Pero paralelamente, hay una profunda hipocresía en considerar ciertas exposiciones valiosas y bellas, elevadas y admirables y otras vulgares y grotescas, perpetuadoras de la desigualdad, culpables de que las mujeres permanezcamos en detrimento con relación a los hombres. Esta culpabilidad es reproducida incluso por mujeres que buscan la reivindicación del género y que sin embargo consideran que ciertas profesiones deberían ser erradicadas, como si fuera justamente un problema de espacios, en lugar de un problema de interpretaciones de lo que un cuerpo significa en ciertos lugares y no en otros y de lo que se puede o no hacer sobre ese cuerpo de acuerdo a su significación consolidada.

Nos hemos vuelto estos cuerpos que devienen en cosas, que opinables y juzgables nunca salen favorecidos. Lo que permanece de un lado u otro es el análisis de una superficialidad, del cuerpo en cuero, en lugar del análisis sobre lo que ese cuerpo haya luchado por permanecer. Sobre el motivo que lleva a su exposición, sobre su deseo y voluntad, al igual que sobre sus dolores y vivencias. En vez de preguntarnos quién se encuentra detrás de una determinada profesión y por qué la elije. Sin dar lugar a pensarnos más libres, más desprejuiciadxs, más hermanadxs con la idea de que el nivel de tela no hace a la persona. Y que el cuerpo debe ser territorio de posesión nada más que de nosotrxs mismxs.